lunes, 24 de agosto de 2009

Paulina Funes

-Córdoba, Argentina-

La boca que era moza


Hay demasiadas cosas que no entiendo. Les hablo a ustedes, aunque no me escuchen. Cerca de esta mesa mugrienta, en la silla más destartalada del bar. Por la ventana no pasa nadie, bah… por la calle no pasa nadie, por el barrio no pasa nadie. ¿No creen?, no, que van a creer ustedes dos, si se ve que no creen en nada, ni nadie. Manga de infelices. Les decía, me siento acá, y no me quejo de la mugre, que conste. Pero si tengo esta molestia, de perder el tiempo al hablar con ustedes, que no me escuchan. Que usted, señor borracho, le digo así debido a que no respondió cuando le pregunté cuál es su nombre, y además, por que es evidente que se inclina por la bebida. Señor borracho, usted me ignora, no es problema, estoy bastante acostumbrada a esto de hablar sola, no termino de entender lo del señor mozo que no me atiende, no me lo explico. Igual les hablo, tanto les hablo y tanto no me escuchan que voy a aprovechar para contarles por qué, así como me ven, estoy en este bar. Primero debería decirles que yo era moza. Digo, era, y no, trabajaba como moza. Pasa que cuando trabajás entre diez o doce horas al día, sentís que sos lo que hacés. A veces, esto, de ser lo que hacés, puede resultar bastante agradable, o todo lo contrario. Mi historia, en eso estaba. Voy a aclarar que, posiblemente, no todo pasó tal cual como lo cuento ahora. Debo admitir que reinvento horas, días y, seguro, hechos. Los reinvento para mí, para que la tristeza no se me haga angustia. Entonces, moza, eso. Levantarme a las seis de la mañana, apurada porque significaba llegar tarde al trabajo. Mojar el cuerpo, que a eso no se le puede llamar bañarse. Tragar el café. Ese día, al que voy a referirme, tenía ganas de quedarme en casa. Es raro que justo aquél día… a lo mejor engaño al recuerdo con lo que sé ahora que vino después. Volvamos, mejor, al día en cuestión. Salí, notarán, apuradísima. Tuve que correr para no perder el ómnibus. Una vez que subí, me quedé parada en esa aglomeración casi pegajosa. Olvidé decir que hacía calor, mucho, era verano. Un poco aturdida y casi con pavor, advertí lo que acababa de pasarme. Mi z no estaba más. Era factible haberla perdido mientras corría al ómnibus, todavía hoy, no estoy segura. Un extraño temblequeo se me enredó en el cuerpo. Se imaginarán lo que pensaba: era ridículo, casi arriesgado, llegar al trabajo sin mi z de moza. Me sentía rara, desubicada. No sabría decir por qué lo hice. El miedo podría servir de alegato, pero ¿para qué engañarse?, sé que algo más profundo y, también, más oscuro me hizo robarle la s a la secretaria del quinto asiento. Lo hice, y ya no podía no hacerlo. La mujer empezó a moverse incómoda, pero sin terminar de entender qué pasaba. Ella no me había visto, en cambio el cura, lo reconocí inmediatamente por la sotana, sí. Avanzaba hacia mí. Yo lo miraba con la s todavía en la mano. Les digo la verdad, sentía angustia, angustia de días, miento, de años. Al rato el cura estaba a mi lado, sin decir nada, sólo mirándome, me colocó su c al lado de la s. Así me convertí en mosca. La gente empezó a darme manotazos hasta sacarme del ómnibus. Afuera luché con mis alas nuevas contra el viento que me hacía revolotear. Terminé por dar contra una ventana. Choqué tan fuerte que se cayeron la m y la s, pero la c del cura no se movió. Al instante estaba llena de plumas y graznando sin control. Las reacciones de las personas fueron muy distintas unas de otras. Todavía me sorprende pensar en algunas: trataron de patearme, me hicieron morisquetas. Otros me llamaban golpeando las manos en el piso. No tienen idea como puede asustar algo tan simple a una oca. También me miraron sin ningún tipo de interés. Hubo quien se asustó, y fue como conseguí la última letra. Una mujer mayor, al verme, corrió despavorida, dejando tirada su bolsa de las compras. Recordé al cura, pero eso no era lo que se dice robar. Con el pico me las arreglé para quedarme con la b de la bolsa. Y entonces me transformé en lo que soy ahora, una boca. A lo mejor a usted, señor borracho, todo esto le parece mentira. Podría hablarme. Una boca y un borracho, perdón, señor borracho, pueden ser buena compañía, ¿no cree?, no, usted no cree, me di cuenta hace rato. ¿Sabe qué?, voy a irme. Puedo encontrar otro bar, y alguien que me atienda… no hay necesidad de decir más, ni de contar, ni siquiera uno, dos, tres, cuatro… me voy, eso… eso y algo más, disculpe, es que no puedo irme sin decir que a lo mejor nunca fui moza, ni mosca, ni oca, ni boca. A lo mejor nunca fui yo, y a lo mejor, nunca estuve en este bar y por eso el mozo nunca me atendió. No sé, hay demasiadas cosas que no entiendo.


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Vivimos en el mundo cuando amamos. Sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida.
Albert Einstein


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3 comentarios:

  1. q bueno!!! tiene ciertos aires cortazarianos.

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  2. Gracias por leer este cuento de Paulina.
    No han dejado su nombre en los comentarios...
    Saludos
    Analía

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Analía Pascaner