lunes, 24 de agosto de 2009

Delfina Acosta

-Paraguay-

La domadora de las bestias

Era una serpiente pitón, enroscada junto al tronco de un árbol de jacarandá, y yo debía domarla, pues ésa era mi cautela: sujetar la voluntad de las fieras y restregarla ante mi juicio, aunque - interiormente - temblaba como una hoja.
La destreza para domar me salió del piano alemán, al que le arrancaba una gloriosa sinfonía de Beethoven diariamente, a fuerza de descargar mis dedos de fiera (solía romper mis uñas) sobre las teclas de marfil; el instrumento de tres pedales acabó por perder la totalidad de sus dientes, reduciéndose a cumplir una simple finalidad decorativa en la sala.
No olvidaré los arañazos del gato montés durante una práctica. La sangre de mi oreja arrancada caía sobre el suelo, y el gato, sin parpadear, me observaba desde la superioridad de su condición de bestia.
Éramos toro y torero en el ruedo. Pero el animal, después de un tiempo terminó entreteniéndose con mi entrenamiento, de manera que cuando yo le decía que se hiciera el muerto, ya había muerto, y cuando le ordenaba que tomara la leche del platillo, volvía a la vida.
También tuve que domesticar a un águila: Era un ave magnífica, de fuerte musculatura, con pico duro de hierro; no se dejaba convencer y volaba hasta las bisagras del techo de la caballeriza espantando a los caballos; en cierta oportunidad estuvo a punto de arrancarme la cabellera, pues sus picotazos parecían querer desarmar mi sesera. Pero yo le dije que se quedara quieta, como le dije que volara a la paloma moribunda del invernadero; y ella llevó lejos una hoja de canela de mi cantero y sanó regresando con una ramita de olivo en el pico a las seis de la tarde.
El águila empezó a ponerse querendona conmigo.
Desde entonces la gente dejó de faltarme al respeto. Y los hombres me traían sus aves, y yo cobraba el metal justo; el negocio de domesticar me daría dinero más adelante, cuando tuviera en mi poder a aquellos animales que vivían en el bosque, y se acercaban, peligrosamente, al parpadear el crepúsculo, y cubriéndose con la neblina, al pueblo.
Hubo quienes dejaban ante mi presencia caballos desbocados, y sapos de verrugas envenenadas, y lobos de ojos cegados por las chispas del odio, y hasta cabras del monte que echaban un olor espantoso cuando se les cubrían las cabezas con capuchas.
Coloqué un letrero frente a la puerta de mi casa.
“Se domestican animales peligrosos”.
Una tarde, una mujer ojerosa y jorobada me pidió que la acompañara a su casa.
Allí estaba el monstruo, sentado junto a la chimenea. Las hormigas y las cucarachas lo presentían e iniciaban una forzada emigración hacia la plaza de los héroes caídos en la guerra. Y eran sus pasos como de eucalipto recién tumbado que arrastraban los leñadores.
La mujer no conseguía acercarle el servicio de café con leche y pan untado con almíbar, porque con un manotazo él hacía volar el pocillo y la bandeja por los aires.
Bajé a su taller. Allí se encontraban sus cuadros paisajistas que reflejaban una naturaleza verdosa, primaveral y caleidoscópica. ¿Cómo entender el hecho de que aquel hombre semejante a un animal pudiera ser capaz de pensamientos que iluminaran la conciencia del arte? Y que perdiera la paciencia con la servidumbre?
Me intrigó su manera.
Le pedí que se bañara.
Se rió grandemente.
- Conque te has enamorado de mí -dijo.
Entonces acabé por domarlo, pues el hombre me seguía a donde iba, queriendo saber porqué razón deseaba que se duchara.
Y yo no se lo decía.
Y un día, el séptimo de la era de acuario, bañado y acicalado, me pidió que me casara con él.
No hubo forma de decirle que no.


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Me he pasado la vida encordando y afinando mi instrumento, y no he llegado a cantar la canción que había venido a cantar.
Rabindranath Tagore

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Analía Pascaner