miércoles, 8 de octubre de 2008

Sergio Borao Llop

-Zaragoza, España-

Composición


El pintor supo que se estaba muriendo y de inmediato comprendió que aún había una última cosa por hacer.
Para evitar inútiles lamentaciones y odiosas pérdidas de tiempo, ocultó celosamente su enfermedad y dijo a todos sus allegados que se disponía a comenzar una nueva pintura. Todos sabían que eso significaba su completa desaparición de la vida pública por un tiempo indeterminado.
Definitivamente aislado, juntó todos sus cuadros en la nave que le servía de estudio y almacén (nadie había sospechado que los que vendía, aquellos que se exponían en las mejores galerías del continente, eran meras copias edulcoradas de los originales, que nadie salvo él había visto). Poco a poco, los fue ordenando en el muro del fondo. Noventa cuadros. Podría formar con ellos un rectángulo. Nueve filas de diez (o seis de quince, o cualquier otra cábala imaginable).
Hizo instalar unos estantes de lado a lado de la nave. Después, tuvo que contratar a un obrero para que se ocupase de las filas más altas. El tiempo se agotaba. Cada vez más ansioso, fue dirigiendo la composición del improvisado puzzle, guiado por su poderosa inspiración, de la que tanto se había escrito en las revistas especializadas. Algunas veces gritaba, ante la indignada sorpresa del peón; otras, paseaba nervioso por toda la nave, murmurando para sí. Su mirada delataba la fiebre; aquella inquietud era el símbolo de un presagio. Su salud se consumió en pocos días.
Al fin, tembloroso y débil, sentado en una butaca junto a la puerta de la nave, lugar desde el que se podía apreciar mejor el conjunto, hizo una imperceptible indicación a su empleado, que cambió un cuadro por otro, lo mismo que había estado haciendo una y otra vez durante las últimas horas o los últimos días. Pero esta vez, el resultado satisfizo al pintor: Sonrió levemente, hizo un gesto vago con la cabeza, se recostó en la butaca y pareció extasiarse en la contemplación de la obra terminada.
Si otra persona hubiese estado allí, junto a él, tal vez su corazón se hubiese sobrecogido ante el magnífico espectáculo, quizá hubiese podido comprender que aquel gigantesco mural, poblado de horribles criaturas danzantes, de imposibles árboles que no podrían crecer en otro lugar que no fuese el innombrable averno, de casas formadas por cuarzo y estiércol, de ciudades llameantes y mares negros, no era otra cosa que el retrato fiel e inconfundible del pintor que ahora yace en la butaca contemplando con sus ojos muertos el poso que los años fueron dejando en su alma.

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Si los hombres, una vez que han hallado la verdad, no volviesen a retorcerla, me daría por satisfecho.

Johann Wolfgang Goethe

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