Y el tiempo, como suele pasar, acabó pasando…
La causalidad, el efecto mariposa…
Todas esas cosas…había desvanecido.
José Antonio Cotrina: Entre líneas
Quien mira hacia afuera sueña,
Quien mira hacia adentro despierta y sueña
C. Jung
Cuando el director me dijo que escribiera sobre Cosmogónico y Floral, nunca sabré de dónde se le escapó ese encabezado, si desde el cerebro o si, semejante a las madres que ponen ciertos nombres a los chicos que les pesarán toda la vida. En qué piensan ellas cuando surgen esas extrañezas. Será el niño aún sin nacer, que se lo sopla desde el claustro, vengador del encierro durante nueve meses.
Que título idiota o sofisticado o metafísico o paupérrimo o rosa rococó: “cosmogónico y floral”, esa debía ser la nota. No sé en qué espacio de la mente se forman las palabras. Dudaba de todo: de las órdenes, del sentido, de lo práctico, de lo equilibrado. ¿Adónde deseaba llegar? Tal vez el descreimiento del director de la revista sobre el tema había cambiado y la curiosidad de lo que había sido hermético y metafísico ya no existía. Decían que en un sorprendente mito cosmogónico, cuando se creó a uno de los primeros hombres fue consciente de los dioses y de sí mismo, como sustentador de ellos. Cualitativamente distinto de los anteriores y capaz de mantener en su propia constitución física los elementos sagrados: maíz y sangre de las deidades, que le dieron la conciencia.
Fue entonces que se dio cuenta que ese no era su lugar habitual. Un momento antes, allí estaba en la terraza con la netbook escribiendo la nota que le había solicitado la revista: un informe sobre el día en que la luna y Marte, decían, estarían cerca. Algo del cosmos. Se quedó hasta las dos de la mañana. No vio nada.
Fue al despertar que comprendió que el tiempo anterior ya no estaba, entonces miró todo. Plantas enormes, pájaros extraños, animales que pasaban delante suyo como si no existiera. Prevalecía o había muerto. Arroyos rumorosos fluían sin cesar. Los sonidos y los aromas del mundo aquel eran diferentes. Nada era conocido. Dónde estaba el celular y la netbook, la casa, la terraza. Un instante antes tenía todo a la mano, listo para enviar el informe. Recordó que agotado de observar la luna solitaria sin ver a Marte y de escudriñar las estrellas, se había quedado adormecido. Y ahora esta pesadilla. Se sintió arrinconado, sin rincones. Sólo espacios. Pero éste no le era propio. Comenzó a girar para captar la Eternidad en todos los puntos dimensionales. La energía cuántica constituía el plano potencial manifestado al expandirse su mente más allá de las barreras que había creado para sí. Se le ofrecía la oportunidad de entrar a un reino personal del cielo en la tierra.
Se abrió paso en aquel horizonte sin límites, donde cada vibración era un eco de su propia conciencia. La zona ya no era vacía, sino un tejido vivo que respondía a cada intención. Al extender las manos descubrió que no eran carne ni hueso, sino destellos de luz.
El tiempo dejó de ser una línea y se convirtió en un círculo cósmico que lo invitaba a danzar. Cada giro revelaba orbes ocultos: ciudades suspendidas en cristal, océanos que murmuraban el canto de las sirenas, constelaciones que se inclinaban para observarlo. Comprendió que la Eternidad no era un destino, sino un estado de presencia. Ya no estaba arrinconado. Era el Arquitecto de su propio universo.
Las calles se transformaron en puentes suspendidos sobre ríos de fuego, los parques en bosques que susurraban nombres olvidados y las plazas arenas de desafíos donde las sombras cobraban vida.
Entonces entendió.
Entonces lo aprovechó.
Lo último que supo es que nadie lo resolvería. Traía el Infinito adentro. Sólo necesitaba ordenarse.
Febrero 2026
Lila Levinson
Mendoza, Argentina
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