Pierre de Ronsard
jueves, 5 de febrero de 2026
Rubén Pérez Hernández
El blues de la estación
(Miradas que se cruzan)
1.
En el ruidoso andén
las notas de mi guitarra flotan
en el denso vaho,
reflejo de los espejos quebrados
que veo pasar.
Los acordes vuelan
cadentes, lentos,
tocan algunos corazones
que miran de costado
mientras caminan.
Mi canción les llega a todos,
para que guarden en los bolsillos
un saludo matinal, una historia
para contar.
Una historia nada más.
2.
Apurado, consulta
la hora y me mira,
me descubre entre la gente
sentado, acariciando las cuerdas
que se transforman en lluvia torrencial:
figuras aladas sobrevuelan la estación.
Y el hombre me mira curioso
(sin creer)
rodeado de notas danzantes
que derriten los tristes muros de su soledad.
Cuando pasa a mi lado,
busca entender
porqué parado en el andén
regalo esta canción,
a quien la quiera escuchar.
El viento levanta el humo,
lo desparrama anárquico,
por todos lados,
mientras el tren comienza a correr
con encono, mira indiferente
cómo todos lo ven pasar.
3.
Al consultar el reloj,
se da cuenta
de que la hora llegó.
Toma el silbato,
anuncia con estrépito
que el tiempo se cumplió.
El tren responde
con impulso ensordecedor.
Lo veo caminar
esclavo del reloj.
Levanta la cabeza
cuando pulso las cuerdas.
Se da cuenta y me
busca, presiente
que más allá del humo
hay una vida
por explorar.
4.
El niño guarda su tesoro
en el bolsillo derecho.
La señora camina lento,
apoyándose en su bastón
con cabeza de dragón.
La muchacha despide a su amor
besándolo con pasión.
El velo oscuro cubre la estación
como si fuera un mal regalo,
sin gusto, despojado
de toda intención.
Y yo, ingenuo observador
camino de regreso tarareando la canción,
porque finalizó mi función.
Mientras camino al bar pienso:
“beberé un café”
que despeje de mi mente
a toda esa gente, necesitada
de amor. Mientras
voy silbando despacio
el blues de la estación.
Rubén Pérez Hernández
Uruguay
María Fabiana Calderari
La búsqueda
Desde aquí alcanzo a verlos. Pobres niños. Uno de ellos no para de llorar. La madre le grita y el pequeño retrae sus hombros, guarda la cabeza como intentando esconder el olor pestilente del monstruo que entra en su barriga. Los otros dos de allá sienten hambre y no hay nadie en la casa. Planeo y remonto. Aquella niña tiene juguetes que no han aprendido a volar. No doy más. Planeo y remonto y, nada. Apenas puedo sostener el cuello extendido y estas largas patas rojas van perdiendo gracilidad. Tiembla mi pico por el peso del hatillo. Soy asustadiza y estoy cansada. Pese a todo, hasta que no encuentre un destello de amor y ternura, no soltaré a este niñito.
Ausencia
Aparezco, desaparezco. Aparezco, desaparezco. No me oculto ni me buscan. La única inconveniencia de ser invisible es que, a veces, me pierdo y no puedo encontrarme…
Arte sexual
Pintemos con todos los colores, nos decimos. Y tomados de la mano sostenemos el marrón, el verde, el sepia. Él se apresura y pinta con el rojo, el anaranjado, el amarillo. Alcanza el cielo sin que yo quepa en el asombro. Luego, retornamos a nuestro mundo acromático. Eso no es todo. Lo peor llega cuando nos hundimos en la fosa de las palabras muertas.
María Fabiana Calderari
Santiago del Estero, Argentina
Amelia Arellano
Poema des-poblado de verde
De qué sirve mi verde si vos no estás conmigo.
De qué sirven mis cenizas de amor.
El sol,
Armado con lanzas de fuego,
Verdugo implacable del bosque profundo,
Despuebla mi pajonal de verde. Arde rojo de sangre y ceniza.
La luna, piadosa, le acerca la humedad plateada del amor.
De qué sirve la luna, en cenizas de ausencia
si al irte te has llevado mi esplendor hecho verde.
¡Oh, dioses del averno, acallad mi boca!
¡Oh, sol! ¡Oh, pajonal!
¡Despobladme de verde las manos! ¡Lo merezco!
¡Cambiad mi sangre por arena!
Olvidé:
El verde de la lagartija entre las piedras.
El arco iris sonoro de los loros.
El verde denunciante de los árboles quietos.
Olvidé el picaflor, ese pequeño niño que busca
el refugio de mis manos.
De qué sirve el solsticio que se anuncia
si mi corazón no es una yema verde, verde espera.
Vendrán otras esperas y una esperanza en verde.
El sol, desarmado, sin lanzas, ni fuego.
Compañero ardiente del bosque profundo, puebla mi pajonal de verde.
La ceniza se va y la sangre queda. La luna, más luna que nunca.
Le acerca la humedad plateada del arraigo.
Calles
Soy un áspid. Espanto lo que asusta mi miedo.
Soy un áspid y una calle de tierra, sin colmillos.
No hay calle que detenga las arenas de la muerte.
Soy, apenas una hoja de barro.
A veces, solo a veces, un asombro.
Un brote. Un rumor. Un pezón en celo.
Me escondo, me traslado y las calles me recorren toda.
Me alcanzan. Me acarician, me hablan.
Es frecuente que griten.
Paso a paso traen las huellas de mi madre.
El viento vuela el sombrero de mi padre.
De tanto caminarme me han gastado.
Algunas duermen. No amor, no las despiertes. No.
El polvo cubre la cicatriz de Abel.
Cuesta abajo. Puta clara, lluvia oscura.
Lázaro gime y palpita de pasión.
Escucho las pisadas. Huyen. No me esperan.
Hay un ciego que baila. Y un niño.
Tengo sangre en la boca. En el pubis, sangre.
Los amantes yacen en un puente de niebla.
Soy un áspid. Espanto lo que asusta mi miedo.
Soy un áspid y una calle de tierra, sin colmillos.
No hay calle que detenga las arenas de la vida.
Estación de los pudores
“El pudor tiene la desventaja de que habitúa a mentir.”
Stendhal
Ella venía de una mitología de panes y de peces.
Él, de un Universo ajado. Montaraz y heroico.
Se encontraron en el filo de cuchillos de plata.
Amor de hombres y pudor de dioses.
Estación de las fogatas
Fogatas dispersaron las lluvias de septiembre.
Y ardieron y murieron y anhelaron esta patria de carne.
Pero el ala del cuervo desposó la aurora.
Y las manos fueron llamas y las llamas humos.
Estación de los espejos
Hubo una urdimbre entre el hambre y el hombre.
Una trama de hembra entre las sombras.
No vieron el espejo -o no pudieron- ni su sombra.
No obstante no verán a nadie o verán a otra.
Estación del olvido
Ella sabe, es ella misma. Él. Los otros.
Él se dice soy yo. Ella. Las otras.
Qué importa si la tristeza se vistió de olvido.
Qué importa. Fueron ángeles, bestias… Y se amaron.
Amelia Arellano
San Luis, Argentina
Jorge Dipré
Entonces tuve ese extraño sueño
Perpetrada por el título
el poema ya está preñado de muerte
pero aún con atrevimiento.
En la casa espectral
en la que pisé la alacranada superficie de pinotea
con un pie confuso
me arrastraba por el pasillo
hacia una luz de luna
allí, en la penumbra hiriente
-donde durante las mañanas
el sol jugaba
con los grandes ventanales del living-
la conversación se escurría
chorreaba como una sombra más por las paredes.
Mi padre estaba allí
pero no conseguía verle la cara.
Era él, aunque diferente
vestía un pullover escote en V
le susurraba algo a mi madre en tono apesadumbrado
y a la vez con un dejo de indignación.
La imagen se fue fundiendo en negro
a medida que ella se acercó
lo rodeó con sus brazos
lo cobijó como a un hijo perdido.
Pensé que despertaba
que volvía nuevamente
a aquella mañana de mi cumpleaños
no sé, quizá el sexto.
El día se abría a la primavera perfumada
hasta que la tormenta comenzó a silbar
levantaron vuelo las hojas como insectos enloquecidos
luego los gorriones y las torcazas
papeles, ramas secas
algunas revistas de Isidorito Cañones
el polvo entre los árboles del patio
mi ñata contra el vidrio
que se enfriaba inexorable
abrir y cerrar los ojos
los espectros danzaban
arrojando las últimas hojas invernales
como una blasfemia
el remolino se hizo consistente, se abrió:
sentado
yo dibujaba impertérrito
sobre el suelo de tierra
como si no hubiese nadie
en esa fiesta fallida
dibujaba con un palito lo dibujado.
Intuí
no puedo jurar que haya visto aquello que dibujaba
y sigo sin recordar
pero supe aún negado de posibilidad
que no dibujaba ni presente, ni pasado.
¡Los tiros!
Las explosiones secas ¿una? ¿dos?
se llevaron todo
aunque siempre algo queda de las pesadillas
al menos hasta el primer café de la mañana.
En la borra
en el fondo del pocillo
no hay, no quedó
ningún dibujo interpretable.
15/8/23
Las cucarachas
Quizá no creía
en las oscuras cucarachas
que se ocultan
entre grietas verduzcas
Tal vez el tiempo de uno pasó
o solo dejó un rastro volátil
la huella de una babosa
En una de esas
la vía láctea es la baba de un caracol eléctrico
que sueña
con un viaje por la sombría eternidad
Ya no sé
no sé si tendré la oportunidad
de levantar una baldosa
mirarme
cara a cara
con esa cucaracha
que el tiempo me devuelve
como otra ilusoria pero efectiva
oportunidad.
30/7/2023
Jorge Dipré
Córdoba, Argentina
Orlando Valdez
como dueños de todos los males
aparecieron hombres y mujeres
creyentes y semejantes
deseosos de seguir bailando
un sueño eterno
y ver cómo se destrozan
negándose setenta
veces siete más
de tres veces
* * *
soy el perfecto incapaz
de pensar y de resistir
soy el inmóvil reproducido
sin expresión ni memoria
soy el descendiente
de una mezcla de sangre obediente
soy el hombre
sin condición humana
que venera
que no sabe qué hombre tiene hambre
qué palabras repite
a quién nombra ni llama
y hay miles
miles de miles
que salen de mi sombra
y que mi voz no salva
* * *
a la vista de todos he fracasado
en todas mis revoluciones
que todas mis estrategias libertarias fallaron
mientras siguen muriendo solos
yendo y viniendo de sí hacia sí
(desconocidos)
apelando a la huida
(negándose)
y así ahora rendido al silencio
(tal vez)
conozca los límites de mi fe
(camarada)
a esos hombres
(compañeros)
que han enloquecido
(como yo)
* * *
insisto en olvidar el primer beso
cualquier instante e instancia
de la inocencia
ay!
alma
de mí en mí
pasajero de la nada
impuro triunfante del combate
que nunca tuve ni entendí resistir
* * *
no puedo revelar su amor
que como niebla ahoga
el color de la noche
que como daga
atraviesa mi garganta
cuando no puedo ocultarme en lo inevitable
cuando huir no puedo o no me atrevo
cuando todo parece ser
antes de ser
en un recodo en otro
y haber sido uno
de mis sueños
Del libro del autor: setenta veces siete más de tres veces. Laborde Libros Editor. Rosario, 2019
Orlando Valdez
Rosario, Santa Fe, Argentina
César José Tamborini Duca
La perversa doctora NN
Venía el primer día del encuentro plácidamente, con las manos ocupadas con bolsas de la compra. Veo a la distancia los perros, la señora que los alimenta, una vecina que la saluda y se ponen a conversar; cuando llego al lugar me ataca la jauría haciéndome resbalar y casi caer al suelo, lo cual hubiese sido peligrosísimo. La susodicha persona siguió charlando como si tal cosa, insensible a la difícil situación en que me encontraba, como acostumbrada a esas iniquidades.
Me informaron que es una “doctora” y como este adjetivo es utilizado ampliamente en mi tierra (¡cómo le va, doctor!… y uno siente henchido el pecho de orgullo) deduzco que se trata de una veterinaria dado su amor a los animales y su insensibilidad hacia sus semejantes. No lo tomen a mal los veterinarios, que una golondrina no hace verano.
Como mencioné antes me veo obligado a pasar diariamente por el lugar, excepto si hago un rodeo muy grande pues las calles en esa zona de Villa Udaondo suelen medir más de 200 metros de longitud; uno de esos días, se adelantaron a esperarme media cuadra: mi corazón latía aceleradamente y el dolor en mi pecho persistió durante 2 horas. Trato de hacer el extenso rodeo para evitarlos, aunque en todas las calles se encuentran estos ejemplares (pero ninguno tan “cimarrones” como los de la calle Los Reseros. Ni dueña tan insensible).
Tal vez habría que reeditar la ordenanza de mil setecientos y pico, o soltarlos a todos en la calle Florida y aledaños, que como está plagada de “arbolitos”… (que me perdonen los que no captan la ironía; o el mensaje subliminal sobre una actividad que hace tanto daño a nuestra economía y cuya explicación no es el objeto de este trabajo; por favor, no me ladren)… ya saben lo que pueden hacer los canes cuando se topan con un arbolito.
Relato tomado de Revista Academia Porteña del Lunfardo Nº 114
César José Tamborini Duca
Lonquimay, La Pampa, Argentina
Osvaldo Risso Perondi
Informe sobre bares
No claudiques
musa etérea
Embriágate
del vino
sublimal
de los poetas
Ronda
las mesas
somnolientas
de
los bares
Danza
la sinfonía exacta
de la madrugada
Garabatea
signos
inconclusos
en paredones furtivos
de suburbios
olvidados
Donde el sol
de noche
penetra
y
transfigura
la corpórea
simetría
de los
tantos
naufragantes
en
este mar
incesante
ávido
de gaviotas
y
metáforas.
Musa invisible
portadora
de informes clandestinos
Mujer noche
Mujer paloma
Mujer silencio
No claudiques
Aquí viene el día
a rendir cuentas
de las horas
del crepúsculo
del cual
partiste
En su nave de viento
y aire
te llevará solemne
hacía su morada
de esferas y
estrellas
para descender en una
vuelta más
de tiempo
para
comenzar
de
nuevo.
Osvaldo Risso Perondi
Bialet Massé, Córdoba, Argentina
Mirta Soler
Todo lo que tengo
Todo lo que tengo
Soy yo y nada más
Soy este silencio que amo en mí
Esas flores que adornan mi jardín
Soy esas estrellas que habitan en mí
Soy lo que voy descubriendo
A cada instante, en cada amanecer
En cada paso y en cada huella de mis pies
Y esa soy yo y nada más.
Soy esa tormenta que pasó y se llevó…
…lo que se llevó, que no era para mí.
Soy esa luna que brilla tan bonita,
no importa si es creciente, menguante o qué
Soy esa magnífica vida que habita en mí
soy esa, y sí
por hoy soy todo eso y mañana no lo sé
solo me importa hasta donde llegue, hoy y nada más
mañana me descubriré nuevamente
me daré permiso para mi autenticidad.
Solo yo
22-10-2025
* * *
…Ella siempre me acompaña
En cada andar de la vida, si yo corro ella también
Si me acurruco me abraza
Al desplegar yo mis brazos se eleva en un vuelo mágico
Andamos siempre en silencio.
Amanece y ahí, siempre lista para alcanzarme
Sea cual sea la luminosidad
En el crespúsculo del atardecer
Se guarda en algún lugar secreto
Que solo ella sabe
es mi sombra tan mágica que me espera apenas
susurra el amanecer.
23-10-2025
Mirta Soler
General Lamadrid, Buenos Aires, Argentina
Daniel Abelenda Bonnet
Claro de luna
Ya se venía diciembre
con sus noches azules
y sus lentos jardines.
Ya asomaba el verano
en el verde de las copas
y alguien tocaba Beethoven
desde un piano en la casona.
Yo, audaz, robé un jazmín
y te lo regalé con un beso.
Caminamos de la mano
por última vez las queridas
calles del viejo pueblo que
despedía nuestra adolescencia.
Todo comenzaba allí,
todo empezó esa noche
cuando ambos comprendimos
que la felicidad es imprevista
-que la magia aún existe-
y la vida puede ser maravillosa.
Un lejano enero
Enero venía silencioso
con tus pies descalzos,
flotando sutil en el aire
y aquellos poemas
que escribí en la arena.
Enero iba lento
por este mismo río
ancho como mar,
venía entre los pinares,
aroma de adolescencia.
Enero se fue detrás
de soles anaranjados
que jamás regresarán.
Aquel enero se escapó
como agua entre los dedos
pero estará siempre
dentro nuestro al volar.
La colina de la vida
Dios en su infinita
sabiduría
ha repartido
dones y capacidades
para nuestra misión
en esta tierra.
Dios sabe más
y equipa a cada uno
con lo necesario
para escalar
hasta las cumbres
la montaña personal.
Resurrecciones
“Este oficio de resucitar entre los muertos”
Gustavo Esmoris
No hacemos poesía;
la poesía nos hace,
nos levanta cada día
del polvo y el silencio
que seremos algún día
en una tranquila tumba.
El verso logra el milagro
de rehacernos a partir
de nuestras cenizas,
nos da el hálito para
levantarnos y andar
una nueva jornada.
No hacemos poesía:
ella nos rehace.
Del libro del autor: Poesía reunida (2010 – 2020). Prólogo del autor. Canciones como poemas
Daniel Abelenda Bonnet
Carmelo, Uruguay
Ivan Pozzoni
Balada de lo inexistente
Podría intentar decirte
con el sonido de mi teclado
cómo Baasima murió de lepra
sin llegar nunca a la frontera
o cómo el armenio Meroujan
bajo un revoloteo de medias lunas
sintió desvanecerse el aire de sus ojos
arrojado a una fosa común;
Charlee, que se mudó a Brisbane
en busca de un mundo mejor,
termina el viaje
en la boca de un caimán,
o Aurelio, llamado Bruna
que, tras ocho meses en el hospital
murió de sida contraído
tras una pelea en una carretera de circunvalación.
Nadie recordará a Yehoudith,
sus labios rojo carmín,
borrados por beber venenos tóxicos
en un campo de exterminio,
ni a Eerikki, con su barba roja,
derrotado por la turbulencia de las olas,
que duerme, arrasado por las orcas,
en el fondo de algún mar;
la cabeza de Sandrine, duquesa
de Borgoña oyó el rumor de la fiesta
al caer de la cuchilla de una guillotina
en una cesta
y Daisuke, samurái moderno,
contó las revoluciones del motor de un avión
gesto kamikaze en un harakiri.
Podría seguir y seguir
en el calor sofocante de una noche de verano
cómo Iris y Anthia, niños espartanos deformes
fueron abandonados,
o cómo Deendayal murió de privaciones
atribuible al único crimen
de vivir la vida de un marginado
sin haberse rebelado nunca;
Ituha, una niña india,
amenazada con un cuchillo,
que acaba bailando con un Manitú
en la antesala de un burdel
y Lutero, nacido en Lancashire
liberado de la profesión de mendigo
y obligado a morir por Su Majestad Británica
en las minas de carbón.
¿Quién recordará a Itzayana
y a su familia masacrados
en un pueblo de las afueras de México
por el ejército de Carranza en retirada,
y qué de Idris, el rebelde africano,
aturdido por los golpes y las quemaduras
mientras indomable por la dominación colonial,
intentó robar un camión de municiones;
Shahdi voló alto en el cielo
por encima de las astas de la Revolución Verde,
aterrizó en Teherán con las alas destrozadas
por un cañonazo,
y Tikhomir, un albañil checheno,
desplomado ante rostros indiferentes
en el tejado del Mausoleo de Lenin,
sin comentarios.
De objetos de la narración
fracturados en fragmentos de inexistencia
que transmiten sonidos lejanos
de resistencia.
Ivan Pozzoni
Monza, Italia
Roberto Romeo Di Vita
El Árbol de los Enamorados
Estampa
No es un secreto para los asiduos visitantes al Vivero Cosme Argerich, de San Clemente del Tuyú, ser sorprendidos por formas misteriosas o raras.
Lo asombroso se va dando cuando se deja el intenso sol de la playa en los días más calurosos de enero y por algunos pasajes casi ocultos a los bañistas bisoños, uno se puede encontrar con un paraíso casi selvático.
El verde de todos los tonos es el que prima en este gigantesco Vivero Argerich de varias hectáreas, pero luego estarán los rojos, los amarillos, los sepias y los azules de sus flores diseminadas en lugares estratégicos. Pero se acompañará este colorido con los subidos tonos de rojo de gajos arrancados de distintos árboles, de hojas marrones y amarillas y el intenso marrón y negro de las piñas sembradas por todos los lugares.
Pero lo que más sorprende en ese lugar tan extraño y bello, es lo que llaman el árbol de los enamorados.
Posiblemente sea la fijación casi centenaria de un eucalipto gigante, de la familia de las mitráceas, de mucha altura y de ramas que se elevan persistentes hacia el firmamento.
Pero lo que nos llamó la atención fue que cuando preguntamos por el árbol de los enamorados, las mujeres que cuidaban algunos sectores del Vivero se ruborizaban y uno de los guarda parques puso mucho reparo en acompañarnos hasta su ubicación.
Cuando luego de varios rodeos por fin pudimos localizarlo. lo primero que nos sorprendió fue su inmenso tamaño y altura, bien podría llamarse: “Padre y señor del monte”, como dijera el poeta. Pero no es ésta la cuestión creo; se llega al secreto guardado por muchos años de cursilería pueblerina al divisar dos figuras humanas esculpidas en el tronco del árbol. Una representa a una mujer desnuda ofreciendo su bella cabellera, espalda y la redonda cintura al abrazo de esta planta y muy cerca la figura de un enamorado con sus manos extendidas acariciándola.
Es tan perfecto y sensual este capricho de la naturaleza, que muchos se sonrojan o incomodan al descubrirlo. Quizás no sea tan caprichosa esta escultura natural. Dicen los lugareños que pueden ser dos enamorados fugitivos perdidos en ese monte, que murieron de frío y de amor en una noche helada. Acompaña esta creencia el llanto nocturno de sus altas ramas como si fuera un llanto rítmico y profundo de una mujer y de un hombre.
Roberto Romeo Di Vita
Buenos Aires, Argentina
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