(Miradas que se cruzan)
1.
En el ruidoso andén
las notas de mi guitarra flotan
en el denso vaho,
reflejo de los espejos quebrados
que veo pasar.
Los acordes vuelan
cadentes, lentos,
tocan algunos corazones
que miran de costado
mientras caminan.
Mi canción les llega a todos,
para que guarden en los bolsillos
un saludo matinal, una historia
para contar.
Una historia nada más.
2.
Apurado, consulta
la hora y me mira,
me descubre entre la gente
sentado, acariciando las cuerdas
que se transforman en lluvia torrencial:
figuras aladas sobrevuelan la estación.
Y el hombre me mira curioso
(sin creer)
rodeado de notas danzantes
que derriten los tristes muros de su soledad.
Cuando pasa a mi lado,
busca entender
porqué parado en el andén
regalo esta canción,
a quien la quiera escuchar.
El viento levanta el humo,
lo desparrama anárquico,
por todos lados,
mientras el tren comienza a correr
con encono, mira indiferente
cómo todos lo ven pasar.
3.
Al consultar el reloj,
se da cuenta
de que la hora llegó.
Toma el silbato,
anuncia con estrépito
que el tiempo se cumplió.
El tren responde
con impulso ensordecedor.
Lo veo caminar
esclavo del reloj.
Levanta la cabeza
cuando pulso las cuerdas.
Se da cuenta y me
busca, presiente
que más allá del humo
hay una vida
por explorar.
4.
El niño guarda su tesoro
en el bolsillo derecho.
La señora camina lento,
apoyándose en su bastón
con cabeza de dragón.
La muchacha despide a su amor
besándolo con pasión.
El velo oscuro cubre la estación
como si fuera un mal regalo,
sin gusto, despojado
de toda intención.
Y yo, ingenuo observador
camino de regreso tarareando la canción,
porque finalizó mi función.
Mientras camino al bar pienso:
“beberé un café”
que despeje de mi mente
a toda esa gente, necesitada
de amor. Mientras
voy silbando despacio
el blues de la estación.
Rubén Pérez Hernández
Uruguay