lunes, 20 de septiembre de 2010

Blanca Salcedo

-Formosa, Argentina-

Antesala

La miro. Ella me mira. Las dos dibujamos una sonrisa suave. Me observa con curiosidad encubierta, recorriendo mi cuerpo con una inquisición disimulada. Cruzo los brazos para que mi busto resalte. Mis senos se proyectan hacia delante, parejos y duros. Están buenos. Ella ahueca el torso para que la camisa se afloje aún más, parece una adolescente de tan flaca y plana. Se ruboriza. Yo, en lugar de sentirme orgullosa, me avergüenzo. Por la mentira.
Pienso en mis hijos, tan lejos. En mi marido, tan prudentemente distanciado de mi cuerpo, en esa mirada culposa que acompaña su permanente huída cuando trato de acariciarlo, de lograr algo más que sus abrazos paternales. Y me da aún más vergüenza haberme jactado ante ella de lo inexistente.

Me siento falsa y pequeña.
Me voy volviendo agua.
Como desde hace dos años, comienzo a llorar hacia adentro y me convierto en río y me voy hacia otras imágenes.
Ella debe haberme comprendido porque vuelve a sonreír. Y nos une un calor, una cosa interna que sólo nosotras podemos sentir.
Entonces llega la voz que transporta mi nombre y me levanto sin ganas, sabiendo que no la volveré a ver.
… Estas antesalas de la quimio terminan siempre igual.


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No hay día sin su pena.
Lucio Anneo Séneca

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