sábado, 15 de junio de 2013

Carlos Trinelli

-Buenos Aires, Argentina-


El solitario señor X

     El señor X dejó atrás el sol de diciembre al cerrar la puerta de la casa. Ahora y en tanto le duraran los mandados no volvería a salir por lo que, el día o la noche, solo serían dibujos de la vida reflejados en las ventanas.
     El gato del señor X vino a su encuentro y lo siguió con la cola erguida como un bastón. Cuando apoyó las bolsas sobre la mesa el animal, subido en una silla, asomó la cabeza de colores. El señor X le habló como si fuera una criatura y el animal respondió en su idioma. Acomodó los mandados con la parsimonia del detalle. Cuando abrió el paquete con los huevos se detuvo en leer los titulares del papel de diario que los contenía. Luego hizo un bollo con el papel y lo arrojó al tacho de basura que bostezaba en un rincón.
     Eran lindos sus días iguales, iguales a los del gato, sin nombres, todos iguales, sin compromisos que acotaran la libertad.
     Lástima que la señora de X no estaba más y no alcanzó a conocer la dicha de los días iguales. Pensó qué lindo sería despeinar a la señora de X con los dedos como insectos entre su cabellera espesa. Ahora solo queda acariciar al gato. Pero el señor X no sufre, para ello está Dios que sufre por todos nosotros.
     También están los hijos que tuvieron con la señora de X que intentan en el rato de las visitas sufrir por él y aconsejarlo sobre los mejores métodos para envejecer. No saben que los años de la vejez son libres e insubordinados y que de ellos se espera poco y nada. No saben que la sociedad (o sí, saben) relega a los viejos a espacios vacíos de vida. Al señor X no le interesa ser un hombre fuera de lugar, por el contrario, le permite observar de manera más ecuánime el juego de la vida por la sola razón de que no participa en el esfuerzo de dicho juego.
     Ollas sucias, una canilla abierta, una luz prendida de día o la heladera mal cerrada se convierten en razones, argumentos que los hijos cruzarán por teléfono para reforzar la idea de que él no puede estar solo. (Cosa que el señor X sostiene que no es cierta porque se halla acompañado por el gato. A los hijos no les causan gracia sus ironías).
     En el fondo lo que se impone para él es el destierro: el geriátrico. Allí, acompañado por fantasmas, los propios y los ajenos, estará bien, tendrá sus colaciones a horario, hablará con algún sordo, ayudará a alguna renga y alguien se ocupará de que ingiera los remedios. ¡Un paraíso en la Tierra!
     El señor X abandona los pensamientos, enciende la radio para escuchar la audición deportiva, olvida dar de comer al gato, se le hierve el agua del mate, no oye el teléfono, está feliz de estar solo.


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Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.
Helen Keller

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2 comentarios:

  1. Carlos, qué gusto encontrarte en este sitio tan cuidado.
    Cuando te leo quedo prendida del relato hasta el final; éste me parece estupendo dentro de su sencillez que tan bien lo viste.
    Desde Rosario, va un abrazo.
    Betty

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    Respuestas
    1. Gracias por tu lectura, querida Betty
      Saluditos, lo mejor para vos
      Analía

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Analía Pascaner