domingo, 12 de diciembre de 2010

Ricardo Costa Brizuela

-Buenos Aires, Argentina-

Arroyo Vega


Intransitable e insalubre,
un beso del sapo dormido;
un sueño que acaba conmigo,
con mi sueño y mi albedrío.
Arroyo Vega, compañero y vecino,
ahora te escribo arcano y molido
por la tinta y el sobrepeso
que se antepone a mi mesura
como tu corcovado cabeceo
de hijo dormido en un colectivo.
Arroyo Vega, como tus límites,
se acaban los espacios en blanco
frente a mis lágrimas, arrastradas,
desaparezco contigo…
pero vuelvo (o volveré)
como tu fuerza de dragón espartano
bajo el mandato gimoteado,
en la luz de la vela,
o en el útero frondoso de mi lectura.
Volveré como vuelves, mi amigo,
húmedo y asesinado,
un poco más viejo y menos clandestino.


Espejos

Son hermosas obras de arte,
son vieja forma de vida.
Cosechas de sonrisas
y rímeles descarrilados,
fríos observadores.

La luna paulatinamente
se pierde entre las nubes,
gardenias del tabaco de Kandinsky
las cenizas de otra noche consumida.

El berimbau me desvela,
otra vez me he quedado dormido
afeitándome
- dijo la esquirla -


Olleros

Pensando
en el bulevar de Olleros,
salí de la cama, con las llaves,
pensando que era sábado 4 a.m.,
caminé hasta el bar de la esquina,
pensando en los gritos y las luces
de la endemoniada Embajada de Alemania,
en su bajada sinuosa y aterradora,
en sus árboles custodios de tranzas.
Llegué a la mesa de siempre,
ahí, junto a la ventana, esperándome…
varios borrachos a mi lado,
una película clase “B”,
y estoy… más triste que un hongo,
la gente a mi alrededor
tiene esa cara de oruga,
esa mirada de vino tinto,
que tanto miedo y vacío da.
Gracias a Dios no tengo un espejo cerca.
Ah, sí… es reconfortante el café de máquina,
el agua a 87º grados sobre el café molido,
intenso, fresco y caliente,
como los jardines próximos a San Benito,
por suerte recobré el olfato hace unos meses,
tengo que esperar para embutirlo,
pero disfruto de su aroma
que, de a poco, se entremezcla,
como los negativos de una fotografía,
desgraciadamente,
con el olor a baño y a alcohol, rancios,
del bar en el que me encuentro empastado
con Bukowski.
Una polilla, recién nacida,
pidiéndome agua o algo,
tocándome el brazo, me distrae,
y febril cabeceando el vidrio
intentando romperlo, salir,
descomunal e inútilmente,
no pienso en ayudarle,
y ahora un “helicóptero”,
parece que va a llover…
vuelvo a mi cama.


Poemas del libro Del Cangrejo a la Sopa (Carmina non dant panem)

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No podemos luchar contra el futuro. El tiempo está de su parte.
William Ewart Gladstone

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Analía Pascaner