martes, 12 de enero de 2010

Norma Segades - Manias

-Santa Fe, Argentina-

Edith

“Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, de parte del Señor desde los cielos; y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra. Pero la mujer de Lot, que iba tras él, miró hacia atrás y se convirtió en una columna de sal.” (Génesis 19:24-25-26)

Soy Edith,
habitante de Sodoma,
a quien Yahvé exigiera testimonio de su estricta condena,
de su furia desgarrando el revés de los pecados
con zarpas de tajantes exterminios…
Camino tras los pasos de mi esposo.
Soy un espectro de alma polvorienta asumiendo que el pacto
ha sido roto
y el número de justos ya no alcanza para salvar al mundo del castigo.
Soy apenas la cruz de mi silencio,
un exánime gesto de clemencia adivinando ráfagas de azufre
que expulsan
hacia el útero terrestre
aluviones de espasmos en racimo.
Una silueta sorda al desamparo,
a la angustia,
al espanto borrascoso,
a la demencia aullando
a contra cielo
orfandades de instantes carcomidos por las bestiales fauces del abismo.
Soy esta terquedad de la nostalgia que escapa de una turba de esqueletos
presintiendo las fiebres,
los temblores,
las vísceras de todas las hogueras consumiendo semblantes amarillos.
No podré echar raíces en el sueño
si atormentan los cauces de la sangre sus gritos de intemperie desnucada,
sus ampollas de estrictas contriciones
detonando en las pieles del olvido.
El delgado susurro de mi nombre atraviesa anatemas desvelados,
anunciando los tiempos del incesto
donde los escogidos del rebaño caerán desde la altura de sus vicios.
El delgado susurro de mi nombre
extendido en el aire del augurio que me fecunda en su matriz salobre
con las pupilas tenazmente yermas mirando
para siempre
hacia el vacío.

En Capítulo I - Nombres en los enigmas, del libro En nombre de sus nombres


Juana Azurduy

Después de luchar con gran coraje en la guerra de la independencia y asumir el mando de la guerrilla con el grado de Coronela en virtud de su “varonil esfuerzo; de haber perdido a sus cuatro hijos como consecuencia de las fiebres, de dar a luz a otra, en medio de traiciones, defendiendo su vida a fuerza de sablazos”, el 15 de mayo de 1817, Juana Azurduy rescata y desciende la cabeza de su esposo de la pica donde se la exponía como escarmiento, para darle cristiana sepultura. Tenía 37 años.
Bolivia (La Laguna)


Después de la malaria que saqueara mi corazón de madre y tu cordura,
de ofrendar cuatro cuerpos,
cuatro nombres
a las viejas matrices de la tierra
sin mayores liturgias ni rituales que un grito visceral,
encallecido,
después de sepultar a nuestros hijos;
después de haber parido a la pequeña en aquella barranca solitaria
mientras andaba la traición
husmeando con su hocico de bestia amenazante y una turba de lenguas en sigilo;
de luchar por mi vida
y por la suya
con toda la fiereza de esa sangre que lamía mis muslos temblorosos,
mis carnes extenuadas,
mi vigilia;
después de cabalgar sobre mi potro los caminos del aire
en un aullido,
de zambullirme en aguas turbulentas,
de ganar,
a empellones,
la ribera donde mi gente cuida la esperanza,
el sueño aquel que abandoné en sus brazos,
el gesto de inocencia vulnerable habitando en la orilla del exilio;
después de haber vagado por los montes mordiendo deslealtades,
apretando cada conspiración entre los dientes,
todavía restaba esta batalla por vencer la impiedad de los verdugos,
por salvar tu cabeza del martirio;
todavía faltaba esta condena de contemplar tus órbitas vacías,
tu rostro devorado por gusanos,
tus mejillas expuestas al ultraje,
a la oscura apetencia de los buitres desgarrando tus pieles con sus picos;
de rescatar,
al fin, de su deshonra,
la prueba irrefutable de tu ausencia.
Juana Azurduy me llaman.
Soy la hembra al mando de un ejército en harapos,
la amazona salvaje,
vagabunda,
con sólo su dolor por domicilio.

En Capítulo III - Nombres en los silencios, del libro En nombre de sus nombres

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La mujer está aún más lejos de la naturaleza; supone un más alto grado de perfección; está hecha de la carne del varón, y quizás de sus sueños.
Julián Marías

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10 comentarios:

  1. Norma, felicitaciones por tus poemas. Escuché la fuerza que te empujó a escribirlos. A mi me hizo bien leerlos. Tienen la intensidad de un grito, o de un volcán herido.
    Saludos, CB.

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  2. Del mismo modo escribo para felicitarte por tu arte, el blog, tu punción en la palabra. Un abrazo!

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  3. Hola Claudio.
    Me ha hecho mucho bien tu comentario.
    Es un placer compartir mis poemas contigo y los lectores de esta prestigiosa revista literaria, obra de la incansable y generosa voluntad de Analía Pascaner, a quien debemos la prolija difusión de nuestra obra.
    Cariños cariñosos, Norma

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  4. Me uno a los comentarios. ¡¡cuánta fuerza la de tu poesía, Norma.!! Gracias por compartirla.
    Besos
    Bertha

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  5. Norma siempre leerte es un gozo, bellas metáforas en tu poesía siempre.
    Un abrazo gus.

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  6. Norma
    Cada una de tus palabras hacen que el corazon estalle en mil formas
    Gracias

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  7. Norma, que bien que te haya hecho bien. Me complace. A mí también me han hecho bien tus palabras, tu escritura. Saludos, CB.

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  8. Queridos Claudio, Laura, Bertha, Gusti, Finita:
    Muchas gracias por leer la intensa poesía de Norma.
    Mi querida Norma:
    Gracias por permitirme contar con tu voz en la revista literaria. Ha sido un gusto enorme publicarte y ésta ha sido sólo la puertita para futuras publicaciones.
    Mi abrazo y mi cariño para todos.
    Analía

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  9. Norma: en estos dos poemas desgarradores hay mucha fuerza. En el primero el tono apocalíptico sobrecoge y podría aplicarse a nuestra época de catástrofes climáticas. En el segundo las imágenes nos hacen sentir el produndo dolor de Juana Azurduy.Maravillosa poesía la tuya.Adjetivos exactos, enérgicos, que dan en el blanco.Irene Marks

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  10. Irene querida:
    Muchas gracias por tus conceptos acerca de los poemas de Norma.
    Mi abrazo y mis buenos deseos
    Analía

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Saludos cordiales
Analía Pascaner