jueves, 5 de julio de 2007

Jorge Luis Estrella

Semejanza

Arcángelo se miró en el espejo mientras secaba sus manos con la toalla. En ese momento le vino la idea de que, a pesar de las agudas diferencias, se parecía mucho a su hermano. Ya en la sala, pensó que no era una semejanza exterior sino interior, profunda, que se reflejaba en la mirada, en el rictus de la boca, en la manera de poner los hombros como si tuviera que sostener el orbe entero. Un dolor de encías lo perturbaba y una sensación de que sus manos estaban sucias atormentó ese instante de reflexión. Volvió al baño. La toalla yacía en el suelo. La levantó, la puso para lavar y fue a buscar otra. No encontró y se conformó con un repasador. Se volvió a lavar las manos. Se miró nuevamente en el espejo y se halló parecido a su padre pero no pudo precisar en qué. Tal vez su hermano también era parecido a su padre. Dejó el repasador colgado tratando de que no se cayera como le había pasado a la toalla. Le fue difícil conseguir el equilibrio. Lo dejó dando por seguro de que iba a encontrarlo en el piso cuando volviese a lavarse las manos. Retornó a la sala repasando la relación que lo unía con su padre y con su hermano. Caminó en círculos hasta que volvió al baño pero no a lavarse las manos sino a mirarse en el espejo. Se miró largo rato y cuanto más se miraba más parecido se encontraba a ambos, él que había basado su vida en lo diferente que era. Electricistas ellos, poeta él, en lo esencial porque se había ganado la vida como pudo al igual que todo poeta. Ellos se la ganaron en lo que eran. Pero esa manera de encorvar los hombros y mirar las cosas detrás de los lentes, mirarlas con autoridad y duda. Tragó saliva, zapateó un malambo como hubiera hecho su hermano, sólo zapateó porque así lo habría hecho su hermano no porque tuviera ganas de zapatear o tuviera algún sentido hacerlo en ese momento. Cantó el tango “Caminito”, no en forma afinada como lo hubiera hecho su padre pero su padre hubiera cantado el tango “Caminito”. Lloró y vio sus lágrimas correr por el espejo. Volvió a la sala pero nada lo retenía en ese lugar sin espejo y sin agua para lavarse las manos. Volvió al baño justamente a restregar el jabón contra sus dedos hasta herirlos. Le hacía bien sufrir. El repasador no se había caído. Se secó las manos mientras se miraba una vez más en el espejo. Era idéntico a su padre y a su hermano. Hace una hora cuando los mató seguramente había querido suicidarse.


La llamaban

Ella tenía todo lo que hay que tener, pero, aunque lo tuviese, nadie la llamaba por su nombre. Sus hijos le decían “mi madre”, sus padres le decían “mi hija”, yo le decía “mi esposa”, mis padres le decían “mi nuera”. Algunos la llamaban por el número de su obra social, otros no la llamaban. En la escuela era “la morochita de ojos verdes, ésa que se sienta atrás”. Sus amigos la llamaban “mi amiga”, sus tíos la llamaban “mi sobrina”, sus nietos la llamaban “mi abuela”. El nombre que figuraba en su documento era una formalidad innecesaria. Yo la maté el día que supe que alguien la llamaba “mi amante”.


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Cuando veas a un gigante, examina antes la posición del sol, no vaya a ser la sombra de un enano.
Fiedrich L. Freiherr von Hardenberg

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