jueves, 5 de julio de 2007

David Lagmanovich

Reversible

Estaba hundido en el sillón, con la mirada fija en el televisor cuyo sonido había reducido a cero. Roque pensaba que tenía que resolver de una buena vez el problema de su relación con Alicia. No sabía cómo lograr que ella lo aceptara, descartando esas actitudes de amiga ideal que le sonaban a condescendencia. Ahora mismo reaparecería viniendo del interior del departamento, sonriente, brillante y espléndida la larga cabellera rubia que un rato antes había cepillado aplicadamente. Sabía cómo seguía la historia: serviría otro trago, acercaría el hielo, y luego caminarían en el atardecer por calles arboladas, hasta el momento de detener un taxi y verla desaparecer de su vida quién sabe por cuanto tiempo. Hasta otra visita, de ella a él casi siempre, en la que nuevamente habría un trato cordial pero nada más, algo que lo dejaba solo y frustrado, deseándola intensamente y pensando —como ahora— que debía hacer algo para superar esa barrera invisible.
El reloj que estaba sobre la chimenea saltó de pronto, desde las 19 hasta las 11 de la mañana anterior. Luego comenzó a girar hacia atrás. Fascinado, Roque lo vio desintegrarse con un ruido sordo, acompañado por el estrépito de muebles que se quebraban, ventanas que desaparecían y edificios enteros que entraban en la sombra. Luego se encontró a sí mismo en un paraje desconocido, al atardecer, esperando algo que no se realizaba. Una mujer —¿Alicia?— pasó despaciosamente. El hombre que había sido Roque la alcanzó con un manotazo. Después apresó los largos cabellos amarillos y la arrastró al interior de la cueva, mientras gruñía excitadamente.


Thrillers

El héroe corría desesperadamente por una llanura desolada. Tenía que llegar al penal a tiempo para evitar el ajusticiamiento del condenado, merced al perdón del gobernador que llevaba en el bolsillo. ¿Llegaría a tiempo, o sería éste un fracaso más? Por detrás de él, a cierta distancia, lo perseguía el investigador privado, con cuya joven mujer había tenido la mala idea de entablar un fugaz romance. ¿Conseguiría eludirlo? A mayor distancia de los dos, un destacamento policial venía siguiendo a ambos, pues los polizontes debían cumplir la orden de arresto que el Fiscal de Distrito había emitido contra el héroe y su enemigo, por obstrucción de la justicia. De pronto, el héroe divisó una bicicleta que estaba apoyada contra un poste de telégrafo. Montó en ella para acelerar su ida al penal, pero a poco andar una rueda cedió y lo arrojó, desvanecido por el golpe, a un costado del camino. Su perseguidor no lo advirtió y siguió corriendo. ¿Encontraría alguna vez al frustrado ciclista? En un recodo, mientras el segundo atleta se detenía un instante para tomar aliento, los miembros de la patrulla policial sobrepasaron a ambos y llegaron, jadeantes, a las puertas del penal. Desde el interior llegaba el inconfundible olor de la carne quemada. ¿Lo habrían electrocutado ya? ¿O se trataba de una barbacoa con que los guardias celebraban que un delincuente más había recibido su merecido en esta tierra, como anticipo de lo que le esperaba más allá? Cansado de tanto teclear aventuras por nadie presenciadas, el escritor decidió apagar la computadora e irse a dormir.


El idioma perdido

Despertó sobresaltado. Quería llamar a su mujer, convocar a alguien, explicar lo que había soñado, pero no recordaba ninguna expresión. Las palabras y las frases no acudían. Al parecer podía pensar, pero no encontraba la forma de expresarse. Abría la boca y rápidamente la cerraba al no poder articular sonido alguno. Caminó por la casa, mirando todos los muebles y rincones para que, al reconocerlos, se le ocurriera algo; pero no había nada, su capacidad de expresión verbal había desaparecido. ¿Su mente? No, su mente estaba bien: era su voz la que no reaccionaba, ni en su propio idioma (y él ignoraba cuál era) ni en otro, porque seguramente debía existir más de uno. De pronto creyó encontrar una salida: se dirigió a la biblioteca y hojeó un libro, luego varios más, pero miraba las líneas de tipografía y éstas no le decían nada, estaban tan mudas como él mismo. Cuando su mujer, extrañada por su ausencia de la alcoba, vino en su busca y le dijo algo, él no entendió sus palabras y las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

Textos inéditos


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Cuando le preguntaron a Miguel Ángel cómo había sido capaz de crear una obra de arte del tamaño y la hermosura del “David”, respondió que en realidad “David” ya estaba en el mármol, y que él sólo se había dedicado a quitar lo que sobraba para que esa sublime figura pudiera salir a la luz.
FM Milenium

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Analía Pascaner