jueves, 5 de julio de 2007

Gustavo Vaca Narvaja

El trabajo de escribir

A veces pienso que resulta más fácil escribir que encontrar un lector. Ni que decir: encontrar editor que se interese. Es difícil encontrar lectores. El ciberespacio y la tecnología en la comunicación han hecho mella en el magnífico mundo de los libros. Cuando uno manifiesta inocentemente que se dedica a escribir, lo miran con curiosidad. Como si faltase algo más. ¿Será un oficio incompleto para la sociedad? Luego viene una segunda acotación: <¿Y qué escribes?>. Es la pregunta del millón. Mmmm… Me siento raro, avergonzado. Contesto indiferente: <Escribo> -reafirmando mi oficio. Miro fijamente al interlocutor. Duda. Estudio su reacción, y agrego a modo de justificación o venganza sublime: <Escribo varias horas al día, y otras tantas en repensar lo escrito>. El interlocutor me mira. Sonríe. Hay un aspecto burlón, pero está atento. Expulsa una interjección con sonido de asombro: <¡Ah!>. Y llega el momento de la daga: <¿Ganaste algún premio? ¿Te llamó una editorial?>. Mmmm… Me siento desnudo. Me doy cuenta que no me cubre una gloria, tampoco un premio. Toco mi solapa: ninguna medalla. Pienso retirando su daga: <¡No soy nadie!>. Doy media vuelta y silbo cualquier canción. Miro sin mirar nada. Algo me trae a la memoria a León Felipe: ¡Poetas! / Nunca cantemos la vida / de un mismo pueblo / Ni la flor de un solo huerto / ¡Que sean todos los pueblos! / ¡Y todos los huertos! ¡Nuestros! Entonces comprendo. Me propongo explicar: <¡A ver… señor de la pregunta! Voy a escribir a un fantasma>. <¿Tú… al fantasma?> pregunta el interlocutor asombrado. <¡O sea!> explico sin inmutarme: <A quien no puedo ver, sentir y escuchar. A quien no puedo imaginar, ni saber quién es. Voy a escribir al vacío> anuncio orgulloso. <¿Tú… al vacío?> pregunta dudando. <¡O sea!> explico satisfecho: <A quien no puedo medir, pintar o idear>. Seguro de haberlo confundido finalizo: <¿Sabes señor de la daga? Voy a seguir escribiendo>. Sin esperar que reaccione le pregunto: <¿A quién escribo? ¿Al fantasma que no veo. A la noche que no ilumina. Al aire fresco de la mañana. Al vacío o al fantasma?>. <¡No lo sé!> contesta balbuceante. Antes que se reponga concluyo: <No escribo a la vida de un solo pueblo. Ni a la flor de un solo huerto. Escribo a todos los pueblos, y a todos los huertos, para que sean nuestros. Y que nadie pregunte si tengo una medalla, un premio o una propuesta. Menos aún: gloria>. <¡Ah… eso escribes!... ¡Qué bien!> dice el interlocutor convencido que debe retirarse vencido. Palmea mi espalda. Se va. Lleva mi novela. <¡Voy a leerla!> afirma. Me doy cuenta que he ganado un lector. León Felipe tenía razón.


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Esperar que los otros juzguen con sentido común es una prueba del que nos falta a nosotros.
Eugène O'Neil

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