sábado, 25 de junio de 2016

Vicente Aiello


El candado

No sé si fue en un sueño, pero después de tantos años volvió a mi mente la imagen de aquel candado, que en complicidad con una gruesa cadena cerró detrás de mí los años de mi infancia vividos en aquella casa que era de mi abuelo Vincenzo al que recuerdo sentado en la sala grande. Apoltronado en su vieja hamaca y fumando una pipa de hueso me contaba historias de cuando era niño en su Italia lejana; pobre abuelo… aún se le humedecían los cansados ojos y le temblaban las manos cuando nombraba a “mi Rosina”, así llamaba a la “nona” que no conocí. Esa señora de mirada tan dulce del retrato sepia que estaba en el comedor.
Tomás, el gato negro inseparable, se acurrucaba entre las rodillas del abuelo y le servía de apoyo para sostener la antigua Biblia escrita en italiano que Vincenzo leía sentado en el sillón hasta quedarse ambos dormidos.
Así los reflejaba el gran espejo pegado en la pared de la sala que era su lugar preferido.
Una mañana sus ojos claros se fijaron en los míos de un modo extraño y con suave acento me dijo: - ¡Sabes hijo… nunca me iré de esta casa! - Me abrazó fuerte y me dio un beso en la frente.
Al día siguiente, al volver de la escuela, había vecinos en la vereda y en el zaguán, algunos me acariciaron el cabello al pasar. Adentro mis padres lloraban abrazados.
El abuelo dormía aún en la vieja hamaca aferrado a su Biblia, pero ahora para no despertar. Tomás había desaparecido.

El tiempo que todo se lleva con la eterna velocidad de su paso marcó un antes y un después.
Mis tíos reclamaron la herencia y hubo que vender la antigua casona.
Una fría mañana bajo una llovizna gris hicimos la mudanza y cuando estuvo todo listo, papá cerró la despintada puerta de rejas con aquella cadena y ese candado enorme.
Esa imagen rescatada de la evocación llevó mis pasos hasta el viejo barrio de mi niñez. Allí estaba la casa, envejecida, cubierta de malezas y enredaderas, los postigos desvencijados y un cartel casi ilegible que decía “EN VENTA”… y el candado como testigo inviolado del recuerdo.   
Una excitación rara se apoderó de mi ser y tembloroso no pude evitar acercarme. Mis manos transpiraban al tomar esa piedra con la que apliqué un seco golpe al cancerbero de metal que se entregó sin resistencia.
Di los primeros pasos algo amedrentado, un gato negro salió disparando por el pasillo hacia los fondos.
Me acerqué a la sala, la puerta se abrió casi sin tocarla… y allí estaba la hamaca y el gran espejo reflejando el último resplandor que se filtraba por las celosías en ese ocaso otoñal.
El silencio y la quietud de las habitaciones vacías me infundieron cierto pavor.
De pronto el gran cristal espejado no devolvía mi imagen sino la de mi abuelo Vincenzo… mis piernas se atornillaron al piso. 
- ¡No temas hijo! ¡Gracias por venir a visitarme… eres el único! – y agregó con su sonrisa bonachona - ¡Una vez te dije que nunca me iría de esta casa! Espero que vuelvas pronto.
Y fue esfumándose lentamente detrás de sus ojos claros.
Turbado, un escalofrío me recorrió todo entero y mi mente parecía negarse a funcionar. Di un paso hacia atrás y mi pie tropezó con algo, era la antigua Biblia escrita en italiano; la deposité en el sillón que quedó hamacándose. Un acre aroma a tabaco de pipa comenzó a inundar el lugar.
Al salir volví a cerrar el candado, la incipiente noche me recibió con un abrazo frío. La luna llena se desdibujaba a través de mis lágrimas.

Mar de Ajó - 2014-05-20

Vicente Aiello
José C. Paz, Buenos Aires, Argentina

4 comentarios:

  1. UN FINAL PREVISTO, QUIÉN NO QUIERE VER NUEVAMENTE LA CASA, RECORDAR, RECORRER... pERO SI FUERA TU ABUELO NO TE PERDONARÍA DEJAR LA BIBLIA, UN LIBRO Y ADEMÁS UNA HERENCIA COMO ESA NO SE DEBE DEJAR EN MANOS AJENAS.PENSALO.

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    1. Gracias por tus conceptos y tu lectura, querida Haidé.
      Cariños, una buena semana
      Analía

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  2. Me encantó la descrpción del abuelo y el alma puesta en todo el relato.
    Betty

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    1. Gracias por tu lectura, querida Betty.
      Cariños
      Analía

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Analía Pascaner