miércoles, 10 de septiembre de 2008

Jorge Rodríguez Sosa

Las mentiras de Pedro

Para el tiempo que llevo aquí, es bien poco lo que he podido conectarme con el mundo exterior. A veces llega alguna paloma que se posa en la ventana; o veo las mariposas y sé que es primavera.
No he vuelto a ver a Pedro.
¡Qué hombre Pedro! Todavía recuerdo como me hacía sentir… no creo que haya habido mujer más feliz que yo en ese entonces.
Bastaba su mirada para que el cielo se abriera, y ni hablar de sus besos hummmm…
Siempre he sido más bien fea; cuando fui estudiante, nunca tuve suerte con los muchachos.
Lo que más recibía eran insultos, y a veces alguna proposición deshonesta, debido sin dudas al cuerpo, que por ese entonces era bastante bonito, no como ahora.
A pesar de todo, Pedro sí se fijó en mi, y me lo hizo notar hasta el final (si es que hubo final).
Me decía cosas como: “Pimpollito mío, venga a hacerme unos mimos” o “qué lindos ojos tiene mi brujita”. Y en él, bruja no sonaba a insulto, tenía más bien una dulzura infinita, porque lo decía mirándome de una forma…
¿Y en la cama?, ahí sí que era una gloria, yo no conocía mucho, pero sí había tenido otros hombres, y Pedro era el mejor.
Jamás dejó de decirme cosas bonitas o de besarme cada espacio de piel, o de amarme en mil formas diferentes. Inventó para mí, las mentiras más maravillosas, solía decirme lo bien que me veía desnuda (aunque yo me veía vieja y arrugada, o gorda), pero él parecía sincero, y yo le creía, necesitaba creerle, eran indispensables esas mentiras, que cada instante en nuestra casa, se hacían verdades tan grandes como la vida misma.
A veces, escucho a las mujeres comentar: “Yo detesto la mentira”, si pudiera decirles que no saben nada, que se puede vivir feliz siendo objeto o víctima de las mentiras de que les hablo, esas mentiras me ayudaron a vivir.
No significa esto que Pedro no supiera lo fea que era (eso creo) o que desconociera mi carácter a veces agrio, no, él sabía como era, y veía que yo me daba cuenta de sus mentiras. Pero yo lo amé así, como él me amó a mí, a pesar de las mentiras, a causa de ellas…
Cuando me morí, llegó un hombre muy viejo a mi velorio. Tan viejo era que me costó reconocerlo, y acercándose hasta mi ataúd, con un largo suspiro dijo: “Estás tan linda como entonces, como cuando te conocí… acaso más delgada, pero igual de linda”.
Recién entonces reconocí a Pedro. Estaba un poco más viejo, pero igual de mentiroso.

Jorge Alberto Rodríguez Sosa – Carmelo, Colonia, Uruguay
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Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta.
Sam Keen


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