miércoles, 5 de diciembre de 2007

Viviana Walczak

El vuelo de Albina

Albina era diminuta y muy simpática. Cantaba todo el tiempo y le gustaba volar. Volaba solitaria, a poca altura y en pequeños tramos. Casi siempre lo hacía al ras de las praderas y de los ríos. Sus sitios preferidos para proyectarse eran las cornisas, las azoteas y los puentes. Desde allí, se lanzaba, temeraria. A pesar de su grácil figura, se sentía poderosa y libre ondeando entre la lluvia mansa y el silbar del viento.
A veces, intrépida, se alzaba a mayor altura y lograba llegar debajo de las nubes. Estas incursiones, generalmente, las hacía cuando la ciudad se encontraba plácidamente adormilada en el sopor de la noche y cuando los noctámbulos que la recorrían eran escasos. Lo hacía cuando estaba sola y no vislumbraba a nadie a su alrededor. Siempre había sido muy tímida y le gustaban los sitios despoblados.
Se sabía diferente y, en su aislamiento, percibía que no deseaba nada más en la vida que volar y volar. Aunque era conciente que su vuelo era único, de alguna manera, deseaba compartirlo con los demás. Hasta que un día, por fin, tomó la decisión. La mañana era diáfana y corría una brisa picante que impregnaba el aire con el olor de todos los aromas primaverales.
Pensó que había llegado el momento indicado para develar el enigma que la acompañaba desde hacía tanto tiempo. Dio una mirada furtiva a los edificios linderos, a las personas que caminaban presurosas y, luego, a los empleados que trabajaban en la oficina del noveno piso. Había una ventana abierta, entonces, con suma plasticidad, se ubicó en el saliente. Estiró el cuerpo armonioso y, con increíble gracia, emprendió el veloz ascenso.
Durante el sucinto planeo, Albina, sintió que todos la miraban atónitos.
Entre todas las voces, alcanzó a escuchar la de un compañero de tesorería, que gritaba a viva voz:

-¡Siempre les dije que Albina estaba loca!

Los murmullos cesaron cuando el cuerpo chocó contra el suelo. La gente comenzó a agolparse en ventanas y balcones mirando, estupefacta, la dramática escena. Algunos transeúntes formaron un círculo alrededor de la figura inerte observando, con ávida morbosidad, cómo descendía por la oscura y muda oquedad de los labios entreabiertos un denso fluido que teñía el asfalto de rojo escarlata.

Viviana Walczak - La Lucila, Vicente López, provincia de Buenos Aires

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A veces no nos dan a escoger entre las lágrimas y la risa, sino sólo entre las lágrimas, y entonces hay que saberse decidir por las más hermosas.
Maurice Maeterlinck

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Analía Pascaner