domingo, 20 de noviembre de 2016

L. E. Torres


La hora negra de Ducasse

A Juan David López,
Poeta de las hondas sublimidades,
Con quien tejí esta angustia a través del sueño.

Amigo mío, por ser tan soñadores
Es que nos acusan peor que a criminales.
Acaso nos decantamos hacia una herida bohemia
Que sangra los días implumes del mañana,
Acaso se lanza algo abierto
En cuya espiral un lisiado arrastra su casa en ruinas.

El mundo se inclina, -¡qué pesar!-
Escupe la moneda vieja, -¡qué pesar!-
Y continúa a toda prisa su turno sin fondo.

¡Mundo huérfano!
Presente abismo, sin rostro, sin certeza.
El lisiado ahora es más tristeza que hombre.
-¡Esta fruta ya no nos sabe a nada!



¡Porque me desvanezco ante tus ojos!...
Y es que caigo solitario y rendido,
Embriagado, amor mío, ante el sonido
De rosas que se tañen en tus ojos.

¡Oh, baja tu mirar a mis despojos!
Y cuéntame si seré redimido
Por ese rico beso enrojecido
Con el terrible ardor de tus arrojos.

Tu silencio de perfume embriagante,
En mi hondo delirio, más me hacer perder.
Y siento que tu embrujo alucinante,

Los días que eran negros los hace arder.
Calcina con tu roce fulminante
Mis ansias, y en ti déjame perecer.


L. E. Torres
Colombia

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Analía Pascaner