domingo, 21 de mayo de 2017

Damián Andreñuk

     
     El loco soñaba intranquilo. Se despertó sudando en la cumbre de su excitación. Aún confuso por la transición a la vigilia, el latido de su corazón paulatinamente empezó a normalizarse. Observó su habitación en penumbra, encendió el noticiario y recordó por completo su impresión general del mundo; de inmediato trató de dormirse para regresar urgente al refugio de sus pesadillas.

*  *  *

     Estaba tan a gusto que estiraba el momento hasta los límites con lo imposible. Era domingo y sabía que los lunes empezaba su rutina escabrosa, como si estuviera leyendo una novela y el lunes fuera el capítulo al que no quería pasar.
   Quiso llenarle el vaso pero ella lo rechazó con la palma, dulcemente. Llegó desde otra mesa un perfume penetrante, se miraron en silencio y, por un instante, se sintieron ajenos.


*  *  *

     El mendigo era fuerte y delicado (curtido por lo peor del mundo, si le hubieran permitido vivir habría sido muy sensible, muy humano). En el hartazgo de los desengaños, en una conexión intensa con el hambre y con el frío (su humillación era ser; su inevitable suplicio); aguardaba.
     No insistía en su calvario por ingenuidad. Paradójicamente, cada uno de sus días era un tributo valiente hacia la vida, un homenaje secreto a la dignidad que con desprecio le habían quitado desde siempre.
     Oyendo un íntimo quejido (las vísceras como expuestas), sosteniendo muy firme un amor invencible, lo logró. Siguió su lucha constante hasta el último de sus alientos. 


Damián Andreñuk
La Plata, Buenos Aires, Argentina