miércoles, 11 de junio de 2008

David Lagmanovich

El sabio

Vivía solo. Murió súbitamente, rodeado de miles de libros, papeles, cuadros y testimonios de gratitud de instituciones científicas. Cuando revisaron todo aquello encontraron un papel azul con el comienzo de una confesión: “Yo hubiera querido ser actor”.


El perfume

Percibió el perfume y el corazón le dio un brinco. ¿Todavía ahora podría emocionarse así? Olfateó el viento como lo hubiera hecho su perro. Se sentía más y más excitado, pero trató de dominarse y se detuvo en lo que parecía ser un portal. Lo que escuchó le trajo el recuerdo de noches lejanas. Adivinó las máquinas y las bobinas de papel, y comprendió que la proximidad de la tinta fresca lo transportaba al tiempo en que aún veía, cuando el olor de la imprenta era su felicidad.


Escribir

Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, ya cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia: hacia ella voy, palabra tras palabra. Cada párrafo que concluye en un punto y aparte es un logro más en la búsqueda de esa oquedad, esa negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ése que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo.


Para quién escribir

Para un lector que encuentra aburridos mis ejercicios de estilo, detesta mis razonamientos, sostiene que todos mis personajes parecen el mismo, y abomina de mis malos modales literarios y humanos, aunque aclara que me considera el mejor escritor de nuestra generación.


La palabra

No es cierto que no pueda escribir si no encuentro esa palabra. Palabras hay muchas: usaré otra. Pero siempre sentiré el dolor de no haber podido encontrar aquélla, la insustituible.


El fuego

Quería escribir, pero necesitaba alumbrarme en medio de la noche: por eso encendí la fogata. De entre sus llamas surgiste tú, mi poema, y me regalaste tus caricias. Ahora moriré en la hoguera creada por tus besos y alimentada por mis versos.


El alma en un hilo

Vivía con el alma en un hilo. Era un hilo brillante, dúctil, que dejaba al alma libertad de movimientos sin cortar el vínculo con el cuerpo. Pero el alma no estaba conforme: ¿por qué no soltar el hilo y salir a volar, como una cometa que de súbito se arranca de la mano infantil que la sostiene? Día a día se escuchaban los lamentos del alma por tener que vivir en un hilo. Una tarde que no estaba demasiado ocupado, Dios escuchó sus quejas, y de un celeste tijeretazo cortó la dependencia que al alma tanto le fastidiaba. Nadie volvió a acordarse del hilo, que había caído en medio de unos pastizales. Pero ahora el alma, liberada, siente una infinita desolación.


David Lagmanovich – Tucumán

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Nunca viajo sin mi diario personal. Uno siempre debe llevar algo sensacional para leer.
Oscar Wilde

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2 comentarios:

  1. Me parecieron fantásticos estos "cuentos súbitos". Reflexivos, lúdicos, plenos de lucidez. Gracias.
    Alicia Perrig

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  2. Excelente escritor es David, coincido plentamente Alicia, y a vos que te gusta lo breve, no?
    Gracias por tus palabras.
    Un abrazo.
    Analía

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Analía Pascaner