lunes, 27 de abril de 2009

Salomé Moltó

-Alcoy, provincia de Alicante (España)-

Recuerdos del ayer no tan lejanos


Ingresé en el hospital por una dolencia que nunca fue aclarada; contaría, unos once años.
Recuerdo vagamente aquellos días, en los que la fiebre había hecho presa en mí, estaba sola en la habitación o quizás la insistente fiebre así me lo hacía sentir. El fantasma de una posible tuberculosis se ceñía sobre las familias, el recuerdo de los miles de tuberculosos muertos en los años cuarenta pesaban sobre el ánimo de las personas de la posguerra española, una posguerra que más que larga fue interminable.
Se abrió la puerta y de pronto apareció un hombre con bata blanca, de un blanco luminoso, no era la imagen de dios que las monjas me habían inculcado, pero estaba segura que dios no sería ni tan dulce, ni tan majestuoso como aquel médico que, con palabras mágicas, auscultaba mi pecho, me decía que tosiera, que sacara la lengua y apoyando su dedo sobre la parte inferior de mi ojo escudriñaba en su interior. Sus palabras me parecieron música celestial, la caricia de su mano al frotar mi frente me hizo exhalar un suspiro placentero. Dio alguna recomendación a mi madre y a la enfermera y después desapareció por la misma puerta que al cerrarse me dejó hundida en una angustiosa oscuridad. Cogí la mano de mi madre y apretándola le exhalé: “Madre quiero ser médico, cuando sea mayor”. Mi madre hizo una mueca y me aconsejó que durmiera.
Días después, ya en casa insistí en mi demanda. Mi madre pensó que había vuelto a tener una subida de fiebre y al insistir me dijo: “mi preocupación es darte de comer todos los días y que no te me mueras de hambre”. El tono de su voz y las lágrimas que afloraban a sus ojos me causaron una impresión inolvidable. Un mundo de miseria, de represión, un mundo oscuro y siniestro, tan profunda y silenciosamente sentido emergía con toda su brutalidad.
Tuve aun fuerzas para replicar: “Pues si no puedo ser médico por lo menos enfermera”. Me volvió a mirar pero ya no me dijo nada, en su rostro asomó la desesperación, el desencanto y todo el sufrimiento que mis pocos años no llegaban a calibrar, pero que quedaron indeleblemente impresos en mi recuerdo. Fue años después y recordando aquella profunda triste e impotente mirada que comprendí que estábamos en los años cincuenta y que el terror que emanaba del dictador desde Madrid iba destilándose en cada uno de nosotros, por la sola razón de que éramos el pueblo.
Estos tristes recuerdos, tan lejanos para mí, no dejan de atormentarme, pues mi vida ha dependido de ellos inexorablemente, ya que pasamos una larga y represiva posguerra. Las “sacas” para los fusilamientos duraron hasta muy entrada la década de los cincuenta, las muertes por tuberculosis sumaron miles. Ahora viendo las imágenes de las madres iraquíes, no puedo más que comprobar que las atrocidades de las guerras, las invasiones y los expolios no tienen fin. Yo fui una víctima más de aquella incivil guerra del 36-39 y de una posguerra tan cruenta como sin duda es la que está viviendo el pueblo iraquí, tanto por el antiguo dictador como por la invasión americana. Habrá muchísimos niños que no podrán estudiar, muchos otros que morirán por enfermedades que provoca la miseria, cuando no por los atentados promovidos por la depredación y el fanatismo. Y dentro de mí no puedo más que preguntarme: ¿cuándo esta humanidad será capaz de vivir en paz y con respeto a todas las etnias? Los recursos bien distribuidos sobrarían para una vida óptima para todos.


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Empieza por hacer lo necesario, luego, lo que es posible. Y de pronto, te encontrarás haciendo lo imposible.
San Francisco de Asís


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4 comentarios:

  1. Salomé, tu relato me hizo recordar lo que mi padre, hace ya muchos años, contaba. La pena que me produce es similar a mi emoción.

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  2. Agradezco tus palabras, Julio. Realmente es un relato conmovedor, intenso.
    Un cariño
    Analía

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  3. Agradezco, estimada Analía la publicación de mi texto. Es un relato real y formará parte de un libro que está en ciernes.
    Gracias por tu amabilidad.
    Salomé

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  4. Agradezco, estimada Analía la publicación de mi texto. Es un relato real y formará parte de un libro que está en ciernes.
    Gracias por tu amabilidad.
    Salomé

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Analía Pascaner