miércoles, 21 de octubre de 2009

Emilio Núñez Ferreiro

-San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires, Argentina-

Cuadriláteros

Una pertinaz llovizna cae sobre el desencanto de ese hombre. Ha venido a vengarse y ya no tiene con quien. Lo envuelve una oscuridad indescriptible, de ésas que hacen hundir a uno en un abismo de impaciencia y soledad.
Yago Pimentel acaba de recuperar su libertad y tiene la persuasión que está más preso que nunca. Preso de sus pensamientos, de sus abortadas ansias de revancha, de una ciudad que lo niega y un indescifrable encono que le carcome hasta la última hebra del alma.
- ¿“Pa’ qué me habrán largao”? -se pregunta.
Si los veinte almanaques que pasó en aquella tumba, no hubieran socavado su salud y su ánimo, sería capaz de volver a aquel cuadrilátero. De regresar bajo la luz de la fama y los focos. Pavoneándose ante un público de saco y corbata, pero más ávido de sangre que él. De encontrarse frente a frente con la cara del rival, que pretende quitarle el dinero que piensa ganar y el aplauso imprescindible que quiere atesorar.
Pero no son más que locas ideas que surgen de su imaginación desahuciada. Mientras él se pudría en ese moridero de Villa Devoto, el Palacio de los Deportes ya no dedicaba sus gloriosos sábados al boxeo. Ahora, las gradas se llenan para ovacionar a un guatemalteco. Un latino más, que gana por nocaut a todas las que deliran con sus recitales. Un canta-autor que él escuchaba por radio, de tanto en tanto, en otro cuadrilátero. Uno atroz, frío y sucio, de cemento y cuerdas verticales de acero.
Una surrealista sombra persigue sus pasos. Es la silueta, acaso violácea de un hombre vencido. De aquel deportista que supo beber el jugoso fruto de la etérea fama. Notoriedad, que una noche, se la llevaron en andas las turbias aguas del río que tiene enfrente.
De pronto, una voz íntima, le dice que el anillo aquel, que una vez, él engarzó en el anular de una mano, ya no está. Que tampoco existe esa mujer; ni el amor fatal que los unía. Un empujón, que su dolor impulsó, se los llevó, junto a la perfidia, el río. Y aquella desaparición, la acaban de saldar sus mejores años. Abriles de privaciones, de continuos matchs, peleando por una subsistencia miserable. Y la voz de la cordura, la vocecita del ángel que todos llevamos dentro, le aconseja que se aparte de ese paredón que divide la tierra del agua y separa a los mortales de la sutil distancia que existe entre la vida y la muerte.
Pero ya es tarde. Tarde para seguir luchando y buscar culpables. Dilación del tiempo para encontrarse con los que ya no existen. Apatía para intentar refugiarse en un Buenos Aires que lo desconoce. Urbe que se ha ido en alas de un supuesto progreso. Metrópolis ligh. Ciudad baja en calorías, sin siquiera un tango que acompañe un poco a los que están solos...
- ¡“Pa’ qué me habrán largao”! -vuelve a decirse.
...La moribunda luz de un farol, ilumina una suerte de cuadrilátero acuoso que lo llama. El cuadrilátero de agua está quieto, como aguardando a la otra mitad de un amor que murió ahí, dos décadas atrás.
Supieron de quién se trataba: Era un masculino de mediana edad. Se enteraron del final de una vida porque dentro de la gorra que él dejó en la acera de la costanera, había un documento que hablaba de un principio:
D.N.I.: 15.667.890.
Yago Pimentel.
(Estibador).
Nacido en Saladillo (Buenos Aires), el 8 de enero de 1962.


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Por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste, y te siento lejana…
Pablo Neruda


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