lunes, 19 de febrero de 2018

Paola Salaberry


La carta de Vittorio

La pava pitando en la cocina, repasador en mano para asir la caliente manija de aluminio.
Toma el mate, da un gran suspiro echando una ojeada a los viejos azulejos amarillos de la cocina, guiña su ojo derecho. Ya no recuerda desde cuando tiene ese tic.
Camina pausadamente hacia la galería. Vittorio se siente viejo con sus 63 años, sus pelos lo abandonaron desde hace ya mucho tiempo. Su estatura disminuyó regalándole una pequeña joroba, guiña insistentemente el ojo y se sienta. Permite que la brisa del atardecer acaricie su cara.
Piensa en voz alta y expresa:- ¡Cinco años de democracia! Su voz se estrecha contra los muros de los edificios que rodean su patio. Tiempo atrás, al sentarse en esta misma galería a tomar mates solía contemplar el cielo, los rayos del sol, dibujar a las nubes. Ahora sólo sobreviven unas pocas plantas, las más valientes y dignas se sometieron a la “eutanasia vegetal”.
Vittorio siente una fuerte presión en su pecho, no puede reconocer si es angustia o el comienzo de un ataque cardiaco. Necesita aire, inhala, exhala, inhala, exhala, asustado trata de apoyarse contra la pared, detrás de Él muros y más muros. En su desesperación arroja la pava aún caliente mientras entra a su casa. No prende ninguna luz, va a su habitación, se acuesta sin desvestirse e intenta calmarse.
Casi cuando la oscuridad total lo invadía un pensamiento repentino, fuerte, luminosamente blanco, hizo que se incorporase de un salto. ¡La carta! ¡La carta! ¿Dónde está la carta?
Ahora Vittorio está de pie al lado de su cama, mira en todas direcciones, aun sin prender la luz, su cabeza da vueltas y con ellas una sucesión de imágenes confusas le provocan un gran estupor. Se ve más joven, con calva incipiente, pero con cabello, viste uniforme de fajina verde y se siente atraído por el agua, podría jurar que lo que ve es un embudo, pero no le encuentra demasiado sentido.
¡La carta! ¿Quién la tiene? ¿Dónde la he dejado? ¡Me han robado carajo! Calla, la respiración se normaliza, intenta no pensar en nada para que los recuerdos acudan nuevamente a Él.
Norma, mi Bella Norma. ¡Me he olvidado de ti! ¿Cómo pudo pasarme? Normaaaaaaaa!!!!
Vittorio llora de rodillas, apoyado en su cama de dos plazas. Más recuerdos vienen a Él. Personas dormidas o casi dormidas, algunas balbucean y lo miran a los ojos, el embudo las traga, así sin más; es como si tirase la cadena del inodoro. Ve el camino de regreso por la Ruta 20. Sabe desde hace tiempo que debería visitar al doctor, pero teme que el diagnóstico que intuye sea correcto: “El alemán viene por mí.”
Crece en su interior la convicción de que la carta explicaría muchas cosas, sin embargo teme lo peor. Sabe que es algo por lo cual Norma lo ha abandonado, dejando sólo su imagen en un viejo portarretratos.
A unos 12.000 km de distancia, en el “Viejo Continente”, Norma relee una vez más aquella carta, buscando en la caligrafía desesperada y desprolija al hombre con el que se casó. No puede más que sentir horror y culpa, trata de mitigar el dolor creyéndolo loco, pero un loco demasiado cuerdo, que es capaz de escribir los nombres de aquellas personas que se encargó de desaparecer, y siempre en el mismo lugar, ¡Oh Dios, pero si hemos pasado muchas veces por allí! ¡Hasta nos hemos detenido a comprar salames!
Es un nuevo día de los 365 que tiene ese año, Vittorio se levanta aun con la ropa puesta, pone la pava en la cocina, mira los viejos y sucios azulejos amarillos mientras se rasca el trasero. Si bien el sol aún no se siente, se dirige a la galería, contempla lo que tiempo atrás fue un hermoso jardín lleno de plantas, mientras toma el primer mate de la mañana se pregunta: ¿Quién soy Yo y qué serán estos muros de piedra?


Paola Salaberry
Córdoba, Argentina

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