domingo, 27 de agosto de 2017

Adriano de San Martín

1.

Una puerta de madera en barrio Escalante, Kabanga, oculta la estación de limoneros y pejibayes, pueblo de montaña donde las serpientes volatizan sus caídas de agua por ríos profundos, la voz del vaquero enmaraña luz del maíz o toronjas relucientes en azúcar de hielo raspado.
Un tocadiscos rumbea al son de las tardes con juventud campesina congregada en salón de pulpería y cantina, faena de maderas elementales en romance.
O la poesía de carretas en el café elevado a chocolate en luna de papalote, descanso del aporreo de frijoles luego de la lluvia y del entierro de los cenzontles. O los polvazales del verano flameando en la borrosa cadencia del quijongo.
Una puerta de barrio oligarca mercadeado se superpone a la realidad, conduce a otros territorios: zaguán profundo de días laborales con el insomnio de un ángel en duermevela, la asfixia de madre que manotea en las nebulosas del parto como presagio hacia la lucha callejera de los años cuarentas, o el previo alboroto del amor desgarrado por los sembradíos.
Una puerta de madera en ese barrio, Kabanga, o en cualquier otro de ciudad provinciana, es el caleidoscopio de infancia-adolescencia donde siempre cae la fotografía del eco en daguerrotipo, ajándose en un bolsillo cual instante amarillo de familias vencidas por el costal de los inviernos.
Una vieja puerta en barrio Escalante descorre el velo para mirar a través del cristal ahumado del poema…

2.

Una puerta cerrada son mil puertas abiertas, Kabanga.
Pluralidad de salidas hacia el relámpago, permanencia del tiempo en marcha que oscila al vacío de imágenes como chorro de luz en la habitación del suicida.
Bamboleante cuelga su armadura ausente, víscera de ciudad y cinta agraria donde el huracán es furia precolombina amalgamada a otras historias de puertos. Sitio que teje y desteje el himno heroico. Cuerpo fragmentado en la arena calcinante del mito hasta el aullido de corazón abierto en manos del ungido y la multitud que ruge como en circo, o en estadio, a la hora fulminante del gol o del sacrificio.
De serpientes emplumadas por sol y luna en pieles manchadas. Tatuajes de la bestia. Lodazal donde germina toda palabra. Sal y vinagre transmutándose en vino. Viento inconstante en las madrugadas del soñador que enhebra melodías y armoniza números: dibujos tallados en la piedra, rumor de pincel primitivo en la pared de la caverna…
Kabanga: pase magnético para abrir, derribar, mil y una puertas…


Poemas pertenecen al libro del autor: Kabanga
Adriano de San Martín
San Carlos, Costa Rica

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