sábado, 28 de mayo de 2016

Blanca Salcedo


Líneas

Me tiene podrida.
Ojalá se muriera. Se muriera ya. Hoy. No aguanto más este esperar hora a hora, mirar su cara pálida para ver si respira. Y esa máquina maldita que marca la línea de sus latidos se me ha vuelto una obsesión. La miro hipnotizada, sigo las rayas que a veces son totalmente irregulares, hago dibujos con esos caminos que se suceden y me voy a otros lados… a otro tiempo.
Esa época en que hamacábamos juntos al único hijo que pude darle porque los otros se me murieron en el vientre. Y él parecía el hombre más feliz del mundo. Mi compañero de toda la vida y para toda la vida… Qué ilusa.
Esperó que cumpliera los cincuenta y vino con la noticia que tenía una minita embarazada y que se iba con ella para “cumplir con su responsabilidad”. Cumplir, tenía que cumplir conmigo. Nosotros éramos su responsabilidad. Pero no era eso, yo lo sabía… era la esperanza. La esperanza y el odio. Quería otro hijo que no fuera este mío. Esperaba probarle al mundo y probarse él que no fue su sangre la que engendró la parte mala. Yo sé de su rabia.
Me di cuenta a los diez meses que no era un bebé común. Era tan bello… pero no… primero vi la mirada huidiza de familiares y amigos y después el pediatra que me mandó un montón de análisis raros. Los de la clínica se hacían los tontos cuando yo preguntaba algo. Al final ese flaco con cara de loco que atendía a mi hijo me dijo que no era normal. Nunca volví a su consultorio. Luché contra todos y traté de mostrarles que mi bello bebé era… bueno, era mío. Y seguí toda la vida sin admitir ante nadie que era retrasado. Ni me di cuenta que el maldito de mi marido se alejaba cada vez más, era una visita en la casa y, lo peor, no quería ni hablar de Pedrito.
Años de miradas oscuras y ninguna caricia. Yo no tenía interés en el sexo y él no tenía intenciones de acercarse a mí. Los dos ocultábamos el miedo a otro hijo muerto o peor. Pedrito era mi vida y su desdicha.
Por eso iba de cama en cama hasta que consiguió una que se le embarazó y se fue con ella a probar suerte. Y tuvo un infarto. Se lo merecía. El bebé murió al nacer y ahora él se muere despacio en la cama del hospital. La muchachita desapareció más rápido que el cuerpecito del hijo. Y yo me hice cargo de mi amado marido.
Todos aprecian mi devoción de esposa. Mi nobleza. Y yo sigo hipnóticamente las líneas que marcan el deterioro de su corazón, esperando la recta perfecta. El timbre infinito que me diga que se murió por fin ese ser que odio, el que marcó a mi hijo. Cuando eso suceda estaré en paz. Pedrito seguirá su eterna infancia y yo sabré que mi venganza se ha cumplido.

2-11-10


Blanca Salcedo
Formosa, Argentina

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