miércoles, 23 de marzo de 2016

Silvia Susana Rivera


Los tres mosqueteros

El domingo llegaba con olor a fútbol y ravioles. Los Tres Mosqueteros con el puñado de dinero iban en busca del collar de la reina. Escalerita de cabecitas negras corriendo por la calle hasta la entrada grande del cine, donde la magia sobre una tela blanca inmensa rodeada de telones rojos brotaba. Se apagaban las luces. Los insoportables anuncios de LOWE iniciaban la catarata de pataleos y silbidos. Chicles en el pelo en vez del luminoso prometido por la morocha que movía el pelo en la propaganda de Cljnic. 
Luego el silencio, los ojos asombrados. La película del vaquero de cara linda hacía voto de justicia ante el cuerpo de su mujer e hijos muertos. Iba a buscar al asesino a sueldo que había destrozado su vida sólo por bandido y envidioso. Más tarde el desierto, el sol quemante. La mujer rubia del Saloom haciéndole guiños al hombre bonito. Las trompadas entre los borrachos, celosos del amor de Sheila. Entonces los tres mosqueteros; mis hermanos y yo gritábamos como locos con los otros chicos cuando el lío aumentaba. Risas a carcajadas por el nerviosismo inspirado por la pantalla. Las caras manchadas de maní con chocolate. Por fin el pobre vaquero encontraba a su enemigo. Vestido de negro, el rostro anguloso, los ojos oscuros, bigote finito la mirada amenazadora, Las pistolas a ambos lados de la cadera retando a duelo al joven de cara hermosa, siempre rubio siempre de ojos azules con cara de bueno. El duelo era inevitable. Tensión en la sala del cine. Las manos de los dos hombres moviéndose coléricas hacia las culatas de los Colt, parados uno frente el otro en los extremos del pueblo. No queríamos que muriera el infortunado vaquero que había salido de su pueblo a buscar justicia. Pero el bien triunfa sobre el mal. El hombre de negro, tocándose el pecho gesticulando la muerte caía sobre la tierra levantando polvo. El plano se ampliaba desde arriba. Nosotros inocentes ante este triste espectáculo de venganza levantábamos los brazos festejando el final del duelo.
Las luces se encendían y corríamos hacia la calle abrazados con otros amigos. Los tres mosqueteros volvíamos a casa para despertar la siesta de un domingo cualquiera, sin saber que el collar de la reina nunca lo encontraríamos.


Humito

La nena daba saltitos, era una bailarina. Los sapos croaban haciéndole el ritmo. La pálida tarde se desvanecía en el ocaso. ¡A comer! La voz de la madre interrumpía la danza. El barrio se llenaba de luces sonidos y olores. Más tarde, el silencio. La respiración tranquila de todos era un viento cálido que rodaba por la calle. Hasta que un día, desnudo, flaco, con los pelos parados de mugre y los ojos perdidos en llamas, apareció el que se decía ser Dios. Era un pobre dios asustado, los diablos metidos en su mente revolcándose en el pantano arcilloso de la locura. Los niños cuando lo veían se escondían muertos de miedo, ellos sí pensaban que era Dios, el que todo lo ve, todo lo oye, el que todo lo puede. Las tardes después de la escuela pasaron a ser horas sin brillo, solitarias. Mucho tuvieron que hacer las familias para que no le temieran. Era un pobre hombre con la mente extraviada. Lo bautizaron Humito y de a poco pasó a formar parte del barrio. Sin embargo, la nena que bailaba de puntitas, hoy una mujer, cuando pasa por el refugio del pobre hombre, sigue teniéndole miedo, no vaya ser que realmente fuera Dios.


Silvia Susana Rivera
Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina

2 comentarios:

  1. SILVIA, QUÉ LINDO MATERIAL HAS EDITADO, EN ESTA REVISTA AMIGA. ME ENCANTÓ COMPARTIR ESTE ESPACIO, CONTIGO. ABRAZO., LAURA.

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Analía Pascaner