miércoles, 23 de marzo de 2016

José Miguel Diez Zalazar


Ramblas de paseo

Solíamos pasear por las Ramblas entre las
7 y 8 de la noche.
Sentarnos en alguna terraza curtida de visitantes
sajones y franceses.
Ir al café de al lado o a la bodega de la esquina.
Pedir una jarra de vino tinto, una cubata,
para tripular una conversación afortunada
o displicente, para echarnos a reír bajo la ardiente
escenografía de esta ciudad grandiosa, gaudiana
y embustera.
Eran los síntomas, los rituales, para llegar a media
noche y conocer las puertas secretas de Barcelona.
Esta enorme morada siempre estuvo llena
de sorpresas, de personajes híbridos y misteriosos,
de muchachas indecisas y nocturnas mostrando
sus corazones infrarrojos, los labios atrevidos
y desafiantes de venganza.

Mi compañera era una mujer carismática,
provocadora e inquieta.
Sabía arrebatarme los sueños en esas locas
hostales donde no permitían al amante informal
a pesar de los cambios que la hacían
entrar en la modernidad simiótica.
Años de mucha rumba, de mucho vacilón.
Demasiada noche para entrar a la cañada de la
Paloma, el London bar, el Celeste, la Ópera,
la diversidad.
De mucha tela marinera me han poblado los años.
En los amores internacionales fui coleccionando
mi fortuna.
Fue la ciudad del horror, pero también,
de la hermosura.
Fueron mis pesadillas habitantes de un cosmos
enrevesado y confuso.
Palabras que bajaban en su torbellino abrazando
dentro de mí la ciudad en llamas, la ciudad única,
hacinando mis palabras en el fuego.

¡Oh, dioses! Que no volverán a arrojarme
a las criptas tenebrosas de la desesperación.
He sobrevivido a las tempestades y a las hordas
apocalípticas del opus dei cuando Franco detenía
su marcha para viajar hasta la última morada.
He sobrevivido a las amantes y a los latrocinios
de las amantes en las playas de Blanes
y en los sofocados territorios de Castelldefels.
Eran esas fechas de júbilo y de horas envidiables.
¡Oh, atardeceres que no volverán a repetirse!
Los tiempos de hoy son otros porque son las nuevas
peripecias de la vida, los encantos de los tiempos
tecnológicos.
Pero los tiempos de ayer sacando cuenta
y haciendo un ajuste de cuentas a la verdad,
ya lo dijo Manrique: Cualquier tiempo pasado
fue mejor.
Hoy el amor se mece entre protectores achicharrados
de epidemias, entre ráfagas artificiales del placer
informativo.
El deseo es carne chamuscada, factor de riesgo,
un matadero improvisado, un placer que se ha
acostumbrado a vivir a la deriva.


José Miguel Diez Zalazar
Chiclayo, Perú

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