miércoles, 23 de marzo de 2016

Adriano de San Martín


Fotografía en sepia

La niebla cubre la ciudad
fantasma que emerge lentamente
con un sol no tropical
obscurecido como las entrañas de los bulevares
cantinas amarillentas en el rojo carmín
de sus espejos

Una mujer cruza la Plaza de la Cultura
desdentada sin edad ni perfil
sombra eterna de mantos velos y cruces
que anochecida en los bosques del XIX
se busca en lo perdido por el milenio
al umbral de una metrópoli encadenada
por el galimatías que se vende a granel
bienes raíces lotería científica
dentífrico místico
seudohistoria y licantropía


Ciudad

El cósmico basurero de luces
no es la última botella
que acabamos en Bolero barrio Escalante
o Rayuela San Pedro Montes de Oca
tal vez Ceferinos bar Ciudad Quesada
ya avanzados los 80

tampoco los amigos sentados en la acera
tras la humareda de cigarrillos dobles
o la lenta marcha de un furgón
hacia la guerra
como dedos que desabrochan
el vestido de una muchacha
en el silencio de la clandestinidad

laberinto de imágenes temblorosas en la llanura sos
selva vaciada de la memoria
reverso en el daguerrotipo de lo contrario

paraje oscuro de otras voces
palabras que no pronunciamos
ni escribimos
promesas hechas en la ebriedad
del círculo de señoritas universitarias
que no se lo creyeron hasta la caída de sus calzones
el ronroneo alto de sus pechos
la nalgueada
el mordisco de la camisa en el rostro
la paliza de amor al verde ramazón del hipo
lo simple en la sublimación de luceros sobre el agua

sos eso y nada y todo
gesto que se expande por la ventana
como aullido o disparo
en el edificio del pánico donde palmaste

o la mano humedecida que apaga la luz
para enviarnos a la cama sin una hierbecita siquiera
tristes y ajenos como vos
aldea hipertrofiada por el sueño que no llega


El lobo púrpura

A Alfonso Peña, Tomás Saraví, David Maradiaga

El mito te convirtió en feroz recuerdo de arrabal

Por eso nadie recuerda nuestros diálogos
Sino la estupefaciente materia de tu vientre

Sin embargo / asistimos puntualmente a tus aullidos
En remolino de imágenes como la lluvia
Que oficiaba de persiana a los golpes del chacal

Aúllos que trastornaron la tranquilidad del barrio
Y cicatrizaron los hospitales con el griterío
Como antífona a la cacería de la gnosis de los poetas
Que se internaron bosque adentro en desvarío

Solamente queda la humareda de aquellos poemas
Escritos sobre las mesas con el puñal de la venganza

Ahora parecen viejos grafitos desclavados de la gran pared

Pero si nos esforzamos podríamos verlos aún
Al trasluz del tranvía que te encandila por dentro


Poemas del libro San José varia


Adriano de San Martín
San Carlos, Costa Rica

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