miércoles, 11 de noviembre de 2015

Hilda Augusta Schiavoni

Lluvia y fulgores

Sobre el pajonal dorado
relumbra
una extraña fosforescencia,
arriba de los frutos tornasolados
reverbera el sol como centella.
Al costado,
encima del lomo de la gramilla,
esferas de cristales
titilan y espejan
los colores
de cuanto las rodean.
Un flamígero destello
parte de la charca
que yace al acecho
de la cuerda luminosa
para remontar al cielo
como una cometa,
convertida en libélula.
Olor intenso a verde,
croar estridente de sapos,
zumbido de mosquitos,
pulsación de estío
palpitan en la tierra
besada por la lluvia del verano,
y en cada latido,
asoma un mundo mágico.


Magia

            A la memoria de mi padre
           Ermanno Schiavoni

Noches
sombreadas por los plátanos
bajo cuyo ramaje
se filtraba la luna
estampando cada hoja
con sus dedos abiertos
sobre el patio de tierra
lleno de misterios.
Los niños jugaban
con sus padres
y pedían historias infinitas
sin saber
que entre esas sombras
de estío, grillos y cigarras,
ellos eran la maravilla
cerrada en las varitas
de todos los duendes y hadas
que a esa hora pasan.


Atardecer invernal

El cielo
es una fiesta de fulgores.
Las palomas
aletean sus alburas,
planean precisas
sobre la claridad.
Las ramas desnudas
vibran ante su roce
y el sol se tornasola
detrás del monte.
Las familias
cierran los postigones
y encienden la lumbre
que los cautiva
con sus miles de arreboles.


Gringa

Yo soy la gringa
que anda haciendo versos,
la que se bañó
en el oro del trigo,
la que se acunó
junto al maíz lisonjero.
Soy la que vio el tractor a uña
y a los hombres fieros
descuartizar el campo
en pos del progreso.
Soy la que se bañó
en la flor de lino
y escuchó historias,
a falta de abuelos,
del trigo barbado
y del alfalfar
rumoroso de sueños,
la que se deleitó
con los bisbiseos
del pajonal inquieto.
Soy,
la campesina
que hace versos,
gringa docta
sobre el temple nuestro.


Poemas del libro La Catedral Verde

Hilda Augusta Schiavoni
Inriville, Córdoba, Argentina

2 comentarios:

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Analía Pascaner