miércoles, 11 de noviembre de 2015

Gustavo Córdoba

El niño y la calle

Cerré los ojos,
apreté las manos hasta hacerme daño;
traté de dar la espalda
a la miseria próspera multiplicada geométricamente
por el funcionario precursor
de la infancia desvalida;
el sol de la mañana inauguraba la ruta diaria
del camino del hambre buscando
ávidamente,
¡al niño de la calle!

Lo encontró en el centro
tirando la manga en las esquinas,
abriendo puertas y limpiando cristales
de los autos de nadie,
pero estaba en la calle;
polimodal sin cupo de ingreso,
sin pago de aranceles,
Facultad de indigentes
donde se obtiene el Master de especialista
en robar celulares…

Yo voy por todas partes
con esta cruz a cuestas de ver a diario,
¡la ruta del hambre!

De hurgarme los bolsillos vacíos
en vano intento de encontrar algo;
un pedazo de sopa, un guiso de utopías
que ponga una sinapsis en sus neuronas flacas,
mielina en sus axones,
para que no transiten esa ruta del hambre…

Para que todos tengan
un padre y una madre y no caminen a diario
un camino de calles.

Y sin bajar los ojos miren un día a Dios,
retornen al milagro de panes y de peces
y refunden el día
sin niños de la calle…


La lluvia y yo

La lluvia y yo;
siempre lo mismo,
la eterna, constante y pertinaz llovizna
mojando la noche de mis horas.

Cuando llegue el final, en un orgasmo lúdico
mi cuerpo se unirá a la tierra
para buscar su amparo, tratando en el himeneo
de procrear el silencio.

Habrá, de buen seguro, una llovizna lenta
para abonar el sitio de la entrega;
y allí una mujer,
esperando en esa geografía terrenal y antigua
demorada en la espera y
en silencio total…
Seremos una sombra y otra sombra
caminando hacia el confín eterno de la hora,
bajo una llovizna pertinaz y después
el silencio derramado en el suelo…


Mi pueblo

Cuando vuelva a mi pueblo, si es que vuelvo,
las casas derruidas y el adobe desnudo
resguardarán con su sombra,
mi recuerdo.

Cuando vuelva a mi pueblo, si es que vuelvo,
por esa calle larga
que siempre caminaba hacia el norte
regresaré a mi casa de ese entonces;
abriré las puertas, las ventanas,
para inundar de sol, las galerías
para que el viento del sur pueble de frescor el valle
bañando el mediodía.

Y mi madre, abrojo en el recuerdo,
tienda sus brazos para decirme, ¡hola!
has vuelto,
aquí te esperaban mi regazo, las uvas frescas,
las acacias del patio, el agua en la tinaja
y los algarrobos
que no pudo ni el tiempo, destruirlos…

Los algarrobos son como las lápidas,
pero no se oxidan;
con sus brazos largos, mutilados
recuerdan las ausencias,
guardan la memoria, custodian el sueño
de los que no están, de los que se han ido
pero siguen viviendo todavía.

El algarrobo, para nosotros, el árbol,
es leña, es sombra, es alimento y vida;
no pudieron los nuevos predadores
destruirlos del todo.

A veces los comparo con el Fénix
que regresa en cenizas,
pero otras vuelven tan solo en mi recuerdo,
en “añapa” fresquita, en verde, en sepia
pero nunca en negro
porque el algarrobo es como mi pueblo
que aún muerto, pervive, todavía…

Cuando vuelva a mi pueblo, si es que vuelvo,
volveré para quedarme,
como mi padre,
¡en un solsticio de invierno, de por vida!


Poemas tomados de su página de Facebook:

Gustavo Córdoba
Catamarca, Argentina

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