miércoles, 11 de noviembre de 2015

Carlos Barbarito

Porque a veces no alcanza…

Porque a veces no alcanza con respirar;
por encima del suelo, de la hierba que crece
y de las piedras que, dispersas, completan el paisaje.
Inesperada música, un coro en el aire
a capella, un coro en el aire.
Más allá de la decoración, el adorno, el maquillaje,
lo que creemos borde;
más allá del fruto reseco que cuelga,
todavía, de la rama;
hacia una orgullosa, firme claridad
detrás del mero brillo, del solo brillo.
Pero, ¿de dónde procede esta sobrevenida,
por qué dura lo que un parpadeo,
y se va como si nunca hubiese sucedido?


A cierta hora, de tarde…

A Eduardo Dalter

A cierta hora, de tarde, no dudo.
A cierta hora, la hierba es hierba
y llueve de arriba hacia abajo.
El inexplicable, inexplicado mundo
es una mesa breve, de madera de pino,
y sobre ella, un plato con una fruta cortada.
Me desvisto y estoy desnudo.
Y, desnudo, no tengo necesidad de espejo
para confirmar mi desnudez.
A cierta hora el milagro es un olor a madera.
Sólo un olor a madera en el aire.
No alguien caminando sobre el agua
o convirtiendo el agua en vino.
Soy, a esa hora, el que creo ser.
El que abre de par en par los postigos
y deja entrar la brisa, por entero perfumada.


Todo será puesto…

Todo será puesto en la balanza:
el insecto que ahora pugna por levantarse,
tumbado de espaldas, agitando sus patas;
la hoja amarilla que cae sobre el patio embaldosado;
la boca, humana o de bestia, que bebe
luego de una larga jornada bajo el sol;
la mano que junta ramas secas y arma el fuego;
el filo que rebana el pan o hace un tajo en una garganta.


Poemas inéditos

Carlos Barbarito
Muñiz, Buenos Aires, Argentina

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