miércoles, 11 de noviembre de 2015

Alejandro Carbia

Eppur si muove

Toda esa mañana se soñó navegando en una noche tan ciega como cuando él estuviera en Arcetri. En otras épocas él había llevado al limite su visión mejorando aquel invento holandés para poder confirmar lo que sentía; él, Galileo Galilei, a través de una galaxia que nunca soñó imaginar, oscura, llena de vacío, sin esas luminarias como referencia, sin esas esferas de plasma brillando con luz propia iluminando su cabeza y marcando el rumbo de millares de marinos osados y pasajeros soñadores. ¿Cómo se navegaría por esas rutas espaciales? Atravesando esos 28 mil millones de años luz sin esa brújula natural, surcando agujeros y vacíos, eludiendo esa estrella gigante de 1.400.000 km y sus ocho planetas y sus orbitas elípticas, viendo en forma soslayada, a la carrera, esos asteroides y satélites naturales. En sus entrañas siempre sospechó que Aristarco de Samos y Copérnico más tarde, tenían razón. Siempre arrastró aquel estigma de pensar que la rigidez de las teorías ponían un freno a la evolución, aquella patraña de la teología física; o como su padre lo había hecho con la música, imaginando la modulación armónica. Jamás le importaría que una Unión Astronómica Internacional excluyera a Plutón de aquel sistema si tuviera un real basamento científico. Este es un pequeño viaje en el mar, con tanto para reflexionar sobre lo que irá a decir en ese Santo Oficio, Santa Inquisición, aun recordando las futuras palabras de Campanella; nada hace pensar que estemos a 150 millones de kilómetros de este astro rey creado hace 5000 millones de años, girando sobre nuestro eje a velocidad exorbitante, y yo, aquí sentado, sin vértigo. La luna nos escolta modificando nuestros caminos y mareas; el sol con sus graduajes en el perihelio y en el afelio; la luna y el sol se suceden, simulando su tamaño, aunque a muy pocos nos importe la diferencia en su masa final. Cuánto camino queda por recorrer; esos periscopios terrestres, esas sondas planetarias, cometas, misiones espaciales y claro está, mucho antes, mi alegato y abjuración y esa sentencia patética, pronunciada en la boca de un Cardenal Ascoli, graciosa si no la tuviera que sufrir; no pude menos que dejar escapar esas palabras de mi boca, mi conciencia no lo perdonaría y tal vez no estaríamos contando esto.


Alejandro Carbia
Buenos Aires, Argentina

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