jueves, 26 de marzo de 2015

Cristina Villecco

Luisa

     Era un caluroso febrero en Bahía. Luisa, sin embargo, temblaba. Se casaba con Pancho, su gran amor.
     Los dos eran del mismo pueblo, Robbio, en Pavia, en la lejana Italia. Habían llegado a la Argentina en el mismo barco, y con el mismo sueño. Pero entonces aún no se conocían. Sus familias coincidieron en la decisión de partir hacia América. Y por esas cosas del destino, ambas familias, después de un tiempo en Buenos Aires, partieron hacia Bahía Blanca, donde consiguieron un trabajo más estable. Los jóvenes, Francisco y Luisa, se conocieron allí, presentados por amigos.
     Mientras Luisa caminaba hacia el altar, recordaba su infancia. Hacía muy poco tiempo que jugaba como una nena, y ahora pronto sería una mujer, la mujer de Pancho! La asustaba lo desconocido, la responsabilidad de manejar una casa propia, formar una familia.
     Francisco la esperaba nervioso, incómodo dentro de su traje nuevo, aunque lo disimulaba bastante bien. Es que los hombres no deben mostrar debilidades; así le habían enseñado su padre, sus tíos y sus hermanos mayores. A él también le preocupaba la responsabilidad que le cabría en esta nueva etapa.
      La ceremonia y la sencilla fiesta pasó para ellos como en una nebulosa. La disfrutaron los demás.
    Pasaron los años. Francisco se afanaba cada día trabajando para mantener no sólo a su esposa sino también a su madre y hermana. Siempre tuvo la ayuda incondicional de la dulce Luisa, que contribuía a la economía, cuidando al máximo lo poco que tenían. Las noticias de la guerra en Europa alteraban cada tanto la rutina de esa casa de trabajadores inmigrantes. 
    Después de muchas penas y alegrías la parejita logró la estabilidad emocional necesaria para poder disfrutar de la vida conyugal. Luisa superó sus temores; fue un ama de casa excepcional.
     Tuvieron varios hijos, hasta que el nacimiento de un bebé, en un nuevo aniversario de su casamiento, los hizo cambiar de rumbo: querían para él otras oportunidades.
   El nuevo destino era un lugar turístico; el lugar turístico por excelencia. La Ciudad Feliz. Y allí creció Emilio, amorosamente cuidado en un hogar humilde pero pujante.
    Cuando Pancho se fue, tan joven, Luisa se dedicó con todo esmero a mimar a su nieta favorita.
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Luisa hoy teje, sumida en sus recuerdos. La nena sentada a sus pies la contempla con admiración, aunque cada tanto suspira, como queriendo llamar su atención.
-¿Qué hacés, nona?
-Un chalequito para vos, Patri. ¿No te había dicho ya?
    Nuevo suspiro.
-¿Y es difícil eso de tejer?
-Depende. ¿Por qué preguntás?
-Quiero saber si podemos charlar mientras hacés mi chaleco.
-Sí, claro que podemos.
-Entonces contame otra vez cómo conociste al nono.
   Ahora es la bella anciana la que suspira. Todavía le duele la partida de su hombre. Se le escapa una lágrima que trata de disimular. Patri igual se da cuenta, se levanta y la abraza. Acaricia su pelo blanquísimo, la besa. Pronto logra que la nona vuelva a sonreír, y comience con la historia.
A mí no me dejaban ir a bailar todavía. Hasta los quince no se podía por ese entonces. Mis primos querían presentarme a un amigo. Un día me avisaron que iban a ir a mi casa con Pancho. Y vinieron, aunque mis padres, tus bisabuelos, no estaban de acuerdo con que tuviera novio. Decían que era muy chica. Que había que esperar. 
Apenas lo vi me gustó. Era muy formal, alto, muy elegante. Me dijo que se llamaba Francisco, que no le gustaban los apodos. ¡Y yo le había dicho Pancho apenas llegó!
-¿Y después qué pasó? -quiso saber la pequeña Patricia, aunque había escuchado el relato innumerables veces.
   Luisa hablaba con más y más pasión. Cada tanto Patri volvía a interrumpir para preguntar qué había pasado luego. Y la nona, una vez más, aunque sin algunos detalles que se reservaba, y con palabras sencillas, le contó. Le contó que, con el correr de los días, Pancho fue interrogado por los futuros suegros como si fuera sospechoso de algún crimen. No, Luisa eso no se lo dijo a la nena; pero lo pensaba.
Se reservó para ella cuestiones que inquietarían a su nieta.
-Era un caluroso febrero en Bahía, Patri. Yo, sin embargo, temblaba. Me casaba con tu nono, mi gran amor.


Cristina Villecco
Nació en la Ciudad de Buenos Aires. Reside en Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina

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