domingo, 14 de diciembre de 2014

Rogelio Ramos Signes

Due corpi

A Juan Bautista Gatti, in memoriam

Dicen que en el Museo Nacional de Nápoles
hay gallos que riñen eternamente
desde pequeños mosaicos esmaltados
      que recuerdan otras glorias.
Es una vieja disputa de las aves
que anidaban en Pompeya;
un fracaso de la cancillería que sesiona en los corrales.

En Lastenia
(Tucumán)
entre la ceniza despiadada de la malhoja que vuela
otros gallos deciden por sí mismos
algún retazo de poder,
ciertos honores.

Picos que horadan.
Bisturíes.
Espolones que rajan.
Tus gallos
(como aquellos sobrevivientes alados del Vesubio)
cuando el dinero de las apuestas de los hombres
ya no cuenta
libran otra batalla que también es eterna.


Monólogo interrumpido

Esto sucede en una habitación de mi cabeza
de cuyo trayecto no quiero acordarme.

“El silencio es malo”
  grita una mujer
que curiosamente pide silencio
cuando otros quieren escuchar música.

“Tragarse las palabras hace daño”
  dice
pero no ha dejado ni una sola palabra en el plato.

“Es necesario pedir ayuda”
  insiste,
mientras la sirena del coche de bomberos
aúlla en busca de un incendio desatado en otra cabeza.


Noticias policiales de la gleba

La fe de los creyentes
ha mutilado a este Cristo de palo
que sigue agonizando en la cruz.

Sus pies atormentados por un clavo
han ido desapareciendo lentamente
en las huellas dactilares
y en los labios resecos
de quienes todo lo piden
agotado el motor de tanto esfuerzo.

El Cristo sin pies
ya no desvela a los funcionarios del templo
ni a las autoridades judiciales
que no sabrían cómo rastrear
a lo largo de los años
y en población tan dispersa
el objeto sustraído.

Desde que un escultor
                hoy anónimo
le modeló ese rictus
la imagen del Cristo sufre sin parar.
Dicen que sus motivos son tantos
como hombres deambulan por el mundo.
Su dolor es atávico.
Su cansancio, inaudito.
A los pies ya ni los siente.


Terratrémol
(Terremoto)

a Gloria Bratschi, que aprendió
(y luego enseñó) a comunicar el desastre

La ciudad que todo lo ignora
duerme en paz.
Nadie atiende las máquinas
que leen la catástrofe,
y es noche feliz
con vecinos que conversan en la vereda.
Habrá estupor más tarde
        y fogatas
        y preguntas retóricas
a un dios olvidadizo.
Habrá nuevas lecturas
para antiguas injusticias
y una bendición
desde los aviones
que no llegará hasta los escombros.

¿Qué loba me amamantará mañana
cuando los escasos sobrevivientes
hayan huido?


Del libro La casa de té. Ediciones En danza, Buenos Aires, Argentina, marzo 2009

Rogelio Ramos Signes
Tucumán, Argentina

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