domingo, 14 de diciembre de 2014

Marisa Noemí González

El viaje

María Rosa ya hacía dos años que iba y venía de una punta a la otra del país en micro.
No es que el viaje fuera tan largo sino que a ella se le hacía interminable. Tampoco se podía quejar ya que conseguía el pasaje con una facilidad bastante desacostumbrada para los tiempos que corrían. De todos modos lo primero que hacía cuando se bajaba del micro era contemplar las vidrieras de los negocios de la avenida que también habían tenido la suerte de transitar sus ancestros. A veces se detenía en alguna confitería y se gastaba los pesos que tenía sin lamentarlo ya que se decía que dentro de un tiempo ni iban a valer nada. Así que se sorprendía diciendo: Quiero éstas con baño de chocolate, y estas otras con baño blanco. La empleada hacía el típico gesto al envolver las masas en papel fino y la cinta brillante correspondiente. Pensó que ya debían ser las cinco y media por lo menos mientras el paisaje de los pastos verdes con vacas se le presentaba ante sus ojos cansados de mirar siempre lo mismo. El chofer va mas rápido de lo acostumbrado, mientras no vaya a más de noventa se dijo a sí misma. María Rosa se puso los guantes de lana pues faltaba poco para llegar a la terminal y sin darse cuenta se durmió. Cuando se despertó el micro estaba detenido. Se quedó mirando por la ventanilla lo que para ella fueron minutos y su voz que parecía llegar desde la angustia dijo: Cómo no me avisaron estos vagos de los choferes! Entonces tomó valor, despaciosamente caminó por el pasillo y se encontró con el micro que parecía vacío. Hasta le dio miedo llamar en voz alta a alguien y que no hubiera respuesta. Se detuvo frente a la puerta del micro por la que descendían los pasajeros que se encontraba cerrada. Pero la puerta milagrosamente se abrió y María Rosa fue envuelta por una luz blanca. Parecía que nevaba afuera o al menos eso le pareció a sus ojos y se alegró por el paisaje nuevo. La atmósfera le daba paz y de repente sintió que el añorar ya no existía más y que éste era transformado por un entusiasmo extraño. La luz de la que provenían todos estaba allí tan cerca esperándola y no tenía más que caminar hasta ella. María Rosa abrió los brazos, movió un pie, movió el otro y se halló fuera del micro.  

El límite negro
 
Los papeles habían sido tirados con el fin de destruirlos pues ya no le servían al hombre. Lentamente algo emerge de la chimenea. Se le aplastaron las alas. No entiende como pudo ser que se le escapó la perspectiva que tanto había buscado. Unas mugrosas alas. No, no era cuestión de caerse otra vez pensó. Nadie le había dicho que iba a ser fácil. Las alas le chirriaron y soltó el grito que se confundió apenas con el chirrido de los papeles que los quemaba el fuego. Pero cómo le dolía a la vez tener que tirar todo a la chimenea porque no le servían ni para bosquejar otra cosa. La silla de tapizado morado donde se lamentaba el hombre se asemejaba demasiado a un cuerpo amorfo que emergía de las brasas de la chimenea. Se había pasado horas tratando de que se le ocurriera algo garabateando ideas sin sentido. Había destruido los papeles para que se le escaparan junto con su frustración. Las líneas estriadas de la masa amorfa que surgía de las brasas se transformaron en membranas tan sutiles como las de una piel humana. A veces era mejor empezar de nuevo y no de alguna manera regodearse de una forma masoquista en algo que en definitiva desde su origen había empezado mal. Lo que mal empieza mal acaba se dijo a sí mismo. La masa hecha cuerpo deja el fuego de la chimenea y localiza al hombre que le da la espalda. Lentamente el hombre destapó la botella de ron, se sirvió la bebida y la saboreó con un gusto amargo en la boca. Prende un cigarrillo negro y lo saborea. Lentamente se incorpora y se da vuelta al sentir una presencia extraña en el cuarto. 
El hombre llora al ver un humano que tiene ojos tan negros como sus antiguas alas de vampiro.
Su creación del papel hecha realidad.  


Marisa Noemí González
Nació en Avellaneda. Reside en Felix U Camet, General Pueyrredón, Buenos Aires, Argentina


2 comentarios:

  1. ¡Felicitaciones Marisa! Ya conocía estos relatos, pero ahora al volver a leerlos me gustarón más. Y qué bueno que estés publicando en este sitio. Me alegro.

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    1. Gracias por tu lectura y tus conceptos, estimado Pedro.
      Saludos cordiales
      Analía

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Analía Pascaner