martes, 4 de noviembre de 2014

Gustavo Tisocco

Mocoretá

Olor a tierra húmeda es mi pueblo
a uvas y glicinas
a mandarinas, fresnos y eucaliptos.

Corre todavía en sus calles
aquel niño que fui
aquel rebelde que aún soy
aquel callado y triste.

Es el río y es el campo,
casas bajas y blancas,
música de acordeón y de gorriones.

Son los amigos entrañables,
mis padres, mis hermanos,
los rezos de la abuela.

Mi pueblo es la perla del sur,
Virgen de Itatí, fiestas de navidad
y duendes despertando en la siesta.

Mocoretá cuna de mis ancestros.
Tumba en la que descansaré
bajo un manto de belleza.


Subidos a un árbol...

Todos hacemos el amor
como subidos a un árbol.

Nos agarramos de las ramas
y vibramos ante el precipicio,
                     ante el temblor.

Trepando hasta el verde
nos aferramos al fin a la raíz
y es ahí en el olor a tierra
que descubrimos el cielo.

¿Acaso no se revelan nidos,
madreselvas,
calandrias y capullos?

Todos hacemos el amor
como montados a un árbol
y a veces es el viento
a veces el dulce resplandor lo que aprisiona,
lo que nos deja librados al noble levitar,
a la locura de ser un poco pluma,
un poco primavera.

Todos hacemos el amor
cabalgando bosques.


A mi tío Jorge...

                       A mi tío Jorge

¿Cómo hacer ahora para buscarte
si no hay rincones ya,
no viento ni fotos en los andamios?

¿Cómo leerte la sangre
si no escribes con mi mano
y brotan en la tarde
lágrimas que denuncian que te has ido?

¿Cómo creer en Dios
si no sé si el celeste es cielo,
o sólo un hueco de pájaros que perdieron los ojos?

¿Cómo,
me pregunto cómo indagar las cavernas
con los espacios llenos de ti
si apenas el dulzor de tu aposento
habita en la casa?

¿Cómo Jorge
repetir tu nombre
y saber que no vendrás,
que no acudirás a esta voz que te busca?

¿Cómo…?

Del libro Rostro ajeno


Amé a un hombre triste... 

Amé a un hombre triste
que encarcelaba golondrinas
en el invierno de sus ojos.

Un hombre que escondía un país,
un continente lejano.

Le gustaba hablar de los desiertos
de una bandera flameando ante su desamparo,
del desarraigo.

Amé a ese hombre, fruto maduro
con el que embriagaba mi calma,
laberinto en el que me extraviaba,
                            me descubría.

Pero su tristeza fue horizonte,
velero y perro asustado.

Ahora aquí soy yo el que habla de desiertos,
                                              de desamparo.


Poemas tomados del blog del autor:


Gustavo Tisocco. Poeta nacido en Mocoretá, Corrientes. Reside en Buenos Aires, Argentina


2 comentarios:

  1. Qué magníficos poemas, Gus, y yo no los conocía.
    Es lindo festejar los 8 años de" CON VOZ PROPIA" leyéndote, guiados por una gran directora hacia Catamarca, unidos por buenas voces.
    Un abrazo
    Betty

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    Respuestas
    1. Gracias por tus elogiosas palabras, querida Betty.
      Mi abrazo, mis mejores deseos
      Analía

      Eliminar

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