jueves, 9 de octubre de 2014

Sergio Borao Llop

Director

Hoy vino a visitarme el director.
En un primer momento, pensé que venía para hablarme de la música, ya que es un gran aficionado a ella y sé que le incomoda mi indiferencia hacia algunos músicos de los que más valora. Por eso, después de haber ignorado los compases de Wagner durante dos o tres días seguidos, creí que su visita a la zona de las celdas, cosa harto infrecuente, por otra parte, se debía a mi actitud, y que había bajado hasta allí sólo para reprocharme mi gesto, ya que Wagner es su preferido, y al mostrarme yo indiferente a los sones de Parsifal, La Valquiria o El Holandés Errante, tampoco él puede disfrutar plenamente de las dulces notas que se van desgranando por todos los rincones de su cómodo despacho.
Pero su presencia allí se debía a otros motivos.
En tono excesivamente formal, hizo preguntas sobre las condiciones de higiene, la comida, el carcelero… Después me habló de la duración de mi condena, de las rebajas en la pena por inscribirse en alguno de los diversos proyectos para reclusos, por el concepto llamado “buen comportamiento” (“-Y el suyo, dejando de lado sus gustos musicales, es ejemplar-” añadió sarcástico), de la reinserción…
- ¿Qué es la reinserción? - he preguntado tras una pausa.
- Oh, bueno - ha dicho él - Se trata de iniciar una nueva vida en el exterior, de hacer algo que sea útil a la sociedad en la que tendrá que vivir una vez concluya su condena…
- ¿Ahí afuera? - pregunto.
- Sí, claro. Cuando salga de aquí…
- Pero está usted equivocado - digo con energía - Sin duda, le han engañado, como a nosotros.
Después de un silencio algo incómodo, añado:
- Ahí afuera no hay nada.
- ¿Cómo? - se sobresalta - Pero claro que lo hay. Puedo verlo cada día desde mi despacho. Casas, tiendas, autobuses, niños que van y vienen del colegio, automóviles que hacen sonar sus bocinas, parques llenos de flores al llegar la primavera, hermosas muchachas, árboles… Hay toda una vida esperándole en el exterior.
- Ahí afuera no hay nada - repito - Todo eso que usted cree ver, no son más que escenas pintadas por el carcelero y sujetas por fuera a su ventana. Son las mismas que hay aquí, en mi celda, al otro lado de los barrotes. Pura fantasía. Todo parece incuestionablemente real, pero más allá del papel en que están representadas esas escenas que usted describe, no hay nada. En tales circunstancias, salir es lo peor que podría ocurrirme. Además, le recuerdo que mi condena no contempla límite ni reducción algunos: Estoy condenado a perpetuidad.
Pero el director no ha escuchado mis últimas palabras. Repitiendo obsesivamente para sí que afuera no hay nada, se ha levantado y con el aire de un hombre abatido, ha salido de la celda sin despedirse de mí, sin reparar en la mirada de odio que me ha dirigido el carcelero. Algo me dice que, al menos durante algunos días, no habrá más música.


Planes  

En ocasiones, se nos deja salir al patio. Allí, me reúno con otros presos y -no podía ser de otro modo- hablamos de la futura huida. Hacemos planes, cálculos, previsiones. Fijamos fechas, proyectamos túneles, estudiamos los cambios de guardia. En secreto, redactamos informes que guardamos celosamente en nuestra imaginación. Así, consumimos tardes enteras soñando los pormenores de la evasión, el exacto momento en que nuestros pulmones volverán a llenarse del preciado aire de la libertad.

Pero, a solas en la celda, una vez que se ha apagado el eco de las conversaciones, ¿quién pensaría seriamente en huir, a pesar de todas las incomodidades? Si todo lo que poseemos -o somos conscientes de poseer- en el mundo, si todo aquello que apreciamos (los imborrables recuerdos, los sueños en los que las innumerables visiones deambulan por la celda cuando dormimos, las multiplicadas y entrañables arañitas que nos visitan cada noche) se halla aquí, entre estos odiados muros, ¿cómo pensar ni un sólo instante en la huida?

No creo errar al afirmar que a todos nos sucede lo mismo, que nos sentimos atados por los mismos sentimientos, o acaso tan sólo por la inquebrantable fuerza de la rutina; pero es imposible concebir un recluso que no tenga los más fervorosos deseos de huir: De ahí, sin duda, las interminables conversaciones secretas del patio, y los meticulosos e infalibles planes que jamás se han de poner en práctica.


Arañas

Arriba, en el rincón formado por el techo, la pared que da al norte y la oriental, justo encima del catre, hay desde hace unos días una telaraña, en la que habitan, según he podido comprobar, dos arañas. Por romper un poco la monotonía de las infinitas horas, en ocasiones les hablo, pero nunca se molestan en responderme. Esto resulta comprensible, si tenemos en cuenta su posición y la mía. Ellas están ahí arriba, en lo más alto, en el lugar que, por naturaleza, les corresponde. En cambio, yo estoy aquí, aferrado al suelo, del que, por más que lo intente, no me es posible despegarme. Así pues, existe entre ellas y yo una distancia que, aun imperceptible, es mayor que los tres o cuatro palmos que nos separan físicamente. Por otra parte, aunque no existe seguridad alguna al respecto, ellas están ahí por decisión propia, del mismo modo que podrían haber elegido otra celda o incluso, si hacemos caso de ciertos rumores, cualquier lugar en el exterior (sea lo que sea lo que se pretenda definir con esa palabra).

Sin embargo, y a pesar de habitar planos diferentes, en rigor puede decirse que convivimos. Esa convivencia tiene sus curiosidades: Una noche, entre sueños, sentí sobre mi cuerpo el minúsculo peso de sus patitas, cuyo contacto, por inesperado (y acaso también por ese efecto algo onírico que suele provocar el duermevela), me pareció delicioso. A la mañana siguiente, al despertar, pude notar sobre mi epidermis dos puntitos rojizos, que no me fue difícil identificar como picaduras. De nuevo intenté hablar con las arañas, pero ellas, ahora que los vapores de la noche se habían disipado, seguían obstinándose en su silencio arrogante. No obstante, su aparente indiferencia ya no me importa, pues ha nacido, entre ellas y yo, un vínculo secreto que me llena de una incomprensible alegría. Y su compañía me consuela en las noches insomnes en las que finjo dormir. 


Fiebre
  
Tengo fiebre.
Mi frente arde y me abrasa la sed.

En el sueño, hay desiertos rebosantes de arena y el sol está enfurecido, a juzgar por los violentísimos rayos con que castiga la infinita superficie arenosa que se extiende ante mis ojos. Hay minas de sal que causan dolorosas llagas en mi cuerpo enrojecido. Hay látigos de fuego que laceran mis carnes y queman mi cordura. Hay mares de ceniza que me envuelven, ahogándome. Hay manos falsas que me ofrecen vasos de plata llenos de vinagre y orina; rostros falsos que sonríen con fingida dulzura mientras ponen ante mí toda clase de manjares escogidamente salados, cuya sola visión hace aumentar sin mesura la fiebre que me abrasa.

Consigo despertar, mas mi garganta está seca. Mis labios, resquebrajados. Apenas consigo abrir la boca. Al fin, con gran dolor, he conseguido llamar al carcelero, pero ha sido apenas un susurro. Sin embargo, ante mi sorpresa, no ha tardado mucho en aparecer junto a mi catre.

Con palabras entrecortadas, con abundancia de gestos, con ansiedad, solicito un poco de agua. Él, entonces, sonríe maliciosamente, y me ofrece un cigarrillo.

En venganza, me duermo, y sueño torrentes vertiginosos que le ahogan y me refrescan.


Relatos correspondientes a la serie Celda, algunos de ellos tomados de los sitios web del autor:


Sergio Borao Llop. Zaragoza, España
Ha publicado El alba sin espejos, por el sello eBooks Literatúrame!


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No tengas miedo de los cambios lentos, sólo ten miedo de permanecer inmóvil.
Proverbio chino
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