jueves, 9 de octubre de 2014

Osvaldo Hueso

Nuestro Dios

La pelota viajó hacia el ángulo, el ángulo justo que forma el arco del magnífico templo del Dios Apolo. Había salido con una comba perfecta, del sabio pie izquierdo del Dios Maradona, pero bien lo dice en su inmensa sabiduría, el Dios Tango: “nunca falta un buey corneta cuando un pobre se divierte”.
Y el buey corneta fue… el Dios negro Pelé. El Dios negro no había logrado sobrellevar la enorme inquina que le profesaba al Dios Maradona. Desde ese mundial donde el Diego -a pesar de ser un Dios, me tomo el atrevimiento de llamarlo por su nombre de pila- porque, sabemos que nunca fue arrogante, altanero, soberbio, escombrero, o bueno… quizás un poco; más que Dios no ha sido algo vanidoso en su grandeza. Pero el Diego nunca perdió su humildad, ni renegó de su origen. Digo, continuando: que desde el mundial del noventa y cuatro, donde el Diego, después de hacerle el gol a Grecia, le encajó la cara de frente al cameraman de la televisión y salió esa imagen que decía bien claramente: “acá los pobres del mundo, les estamos metiendo un palo en el traste y demostrando al primer mundo la calidad que tenemos”.
   Desde ese día, el Dios negro Pelé le tomó inmensa y eterna tirria. Porque él era perfecto, no se drogaba, no puteaba, no ofendía a los ricos, no molestaba al establishment. Y fue por eso, que cuando el Dios Maradona impulsó la pelota, con ese chanfle exquisito hacia el ángulo justo del templo del Dios Apolo. Ejecutando el envío desde la cima de la Pirámide del Sol, en Teotihuacan, impulsándola con esa exquisitez tan sólo propia de los genios. El Dios negro Pelé inspiró, hinchó su negro pecho y sopló, sopló con toda su bronca contenida. El huracán originado casi destruyó los templos griegos, y levantó por los aires el velo que cubría a la Diosa Afrodita, mostrando su virginal desnudez.
   Mas, no tuvo la fuerza necesaria para desviar esa pelota que tenía… destino de red.

Enero 2008


Osvaldo Hueso. Morón, Buenos Aires, Argentina


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Haz lo que puedas, con lo que tengas, estés donde estés.
Theodore Roosevelt
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