jueves, 9 de octubre de 2014

José Diez Zalazar

He visto llorar a la muerte

He visto llorar a la muerte, de cuyas culpas
se siente arrepentida, acongojada.

Su desconsuelo es un asunto de brumoso
misterio y produce abrojos y sinsabores.

La rodea el aura que se arrastra como
víboras por todos los confines de la tierra
y por todos los destinos imposibles de la vida.

La he visto llorar vestida con esa piel hermosa
de su fina osamenta, que parece de seda, que
parece el atuendo de una gran emperadora.

La vi llorar en la mañana. Una hora que
no es habitual para una celebridad tan
descalabrada y persuasiva como ella.

Tan enigmática y legendaria con la historia.

Es una leyenda supersticiosa que transita
irremediablemente por el calvario más
controvertido de la mente, con un frenesí
diabólico que alucina los sentidos, sobre
este desquiciado globo planetario.

Llora en la mañana cuando el día inicia
su faena y luchan los vivientes para
el regocijo y esfuerzo de sus actividades.

Cuando la mañana es esplendorosa
no participa con su despiadada apología
ultraterrena, se desmaya frente a la luz
de las divinidades.

Cuando llega la tarde sí se arroja a las brasas
inimaginables del sol, el dios omnipresente.
Sobre esa viva combustión se hace víctima
y deidad de las conjuraciones de lo eterno.

Y es fuego, es furor, es llama única y ardiente.

Es impía y hermética para los desconocidos.

Su patología agria, es incongruente con
las leyes de la filosofía.
Con cualquier indicio que establezca un sentido
de razón.
Porque es la erupción del maleficio que devora
las vidas de su grandiosa empresa multitudinaria:
Las guerras, la locura, la maldición.

Pero la noche cuando llega ¡ah! casi la veo llorar
sin reposo. Se conmueven hasta los cielos
más lejanos que se reflejan por los caminos
celestes de la inmensidad, recuerda, infinito
y sagrado.

He visto llorar a la muerte cuando la Luna
está completamente pálida, como un ser
amortajado que atraviesa la niebla suspirando,
maldiciendo.

¡Ah!, pero los labios de la plañidera saben
a humedad pero no saben a mentiras.

Jamás te podrá engañar porque es sincera.

Su mirada produce escalofrío, miedo, pavor,
presión alta. Temperatura que estalla con ira
y te eleva a las alturas.

Esta aflicción la hace llorar así, desconsolada.

Mas, nunca suele perderse por torpeza, y si
se pierde, ella te encuentra en el camino
y te lleva, con su dulce inocencia,
subrepticiamente.

Pero te lleva, sí mi amigo, aunque no quieras
con elegancia o sin ella, te lleva para siempre.

30.08.2014


José Diez Zalazar. Chiclayo, Perú


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Con viento mi esperanza navegaba;
perdonóla la mar, matóla el puerto.
Lope de Vega
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