jueves, 9 de octubre de 2014

Cristina Valero

-¡Una ronda de chupitos guapa! -pidió Ángel y Jesús volvió al presente resarcido y ya desvirgado.

Fuera se oía el canto de las chicharras. La familia entraba y salía de la habitación de Carmen. Mientras tanto Jesús, seguía caminando lentamente por las estancias de la casa. Se dio cuenta de que sus recuerdos más remotos estaban atesorados allí, como el día que se peló las rodillas cuando se cayó de la bici. ¡No!, recordó algo más, Carmen dándole la comida con una cuchara que simulaba ser un avión. También sintió alivio al ver que por más que lo intentara, no recordaba nada de cuando vivía en Jaén con sus padres toxicómanos. En el fondo de su alma, los odiaba profundamente. Los culpaba del abandono, de haberse criado en un lugar demasiado estricto. Los culpaba del retraso mental de Lolo. Los culpaba por bastardos. Los culpaba por el sufrimiento de su hermano y los culpaba también por su propio sufrimiento.

Lolo era más que un hermano, fue como un hijo al que debía cuidar con vehemencia. Aunque no podía valerse por sí mismo nunca lo vio como un lastre. Hasta entonces el pequeño de los hermanos era incapaz de comunicarse, de caminar y mucho menos, de controlar sus esfínteres. Su dependencia e ingenuidad provocaban en Jesús un sentimiento de ternura y de fuerte protección. El pobre estaba siempre encerrado en la habitación, metido en la cama, con las articulaciones atrofiadas por la falta de movimiento. Sus abuelos nunca lo sacaban a la calle. De pequeño lo hacían pero conforme fue creciendo se hacía más difícil poder levantarlo y ya estaba demasiado entumecido como para poder moverlo de la cama. No tenían medios para contratar una persona cualificada que supiera mover su cuerpo y mantenerlo un poco más flexible, que pudiera estimular su mente, que le ayudara a levantarse de la cama y aprender a caminar. Lo metieron en “la caja de Pandora”. Una caja que se abría sólo para darle de comer, cambiarle los pañales o callar sus balbuceos cuando tenía ataques de histeria.

Jesús aseaba a su hermano cada día. Le hablaba mientras le peinaba, le hacía muecas y cosquillas como si fuera un niñito pequeño. Para él era un niño, un niño grande. Muchas veces conseguía que sonriera. Esa sonrisa le daba la vida y sólo por eso ya valía la pena estar esclavizado en el cortijo.
Dentro de sí sabía que le podría haber pasado lo mismo. Se prometió que nunca abandonaría a su hermano, nunca.

Fragmento del libro Sigilo, novela erótica.


Cristina Valero. España


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El amor es siempre amor, venga de donde venga. Un corazón que late con su acercamiento, un ojo que llora cuando se va, son cosas tan raras, tan dulces, tan preciosas que nunca deben ser despreciadas.
Guy De Maupassant
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Analía Pascaner