martes, 26 de agosto de 2014

Rogelio Ramos Signes

Armisticio de las palabras

Espalda con espalda luchamos por el vecindario.
Sin vernos la cara supimos del sufrimiento,
imaginamos las heridas y callamos el dolor.

Acepto que fuimos derrotados una vez más:
           el llanto de los niños es algo que distrae.

Tal vez mañana, cuando entreguemos las armas,
las trincheras ya sean playas de estacionamiento
y un cantante de boleros amenice
concursos de baile al borde de la ruta.
Habrá llegado entonces el tiempo de firmar la paz,
de aceptar
           en reglamentario silencio
que luego de estas líneas vendrán otros naufragios.


Como una silla de mármol

Y me dio un reloj que no andaba
y el reloj marcaba un tiempo
de otros tiempos, cuando las mujeres
saludaban entornando los ojos
y yo dije (en tono solemne,
              estúpido como siempre)
“Un reloj detenido puede ser
un excelente pisapapeles”.

En esta parte de la historia
la lluvia le impone silencio a los tejados.

¡Perdón, mujer desconocida,
sé que nunca más aparecerás en mis sueños!

Y volví a dormirme,
solo y triste, como una silla de mármol
en un baile de egresados,
sin saber si el tiempo de las colaciones
sucede en una cama.
Mujer del detenido reloj
que no volviste a aparecer en sueño alguno,
perdóname.
Como van las cosas
lágrima serás, gota de esperma ocasional.
Serás ¡ay! no sé, no sé,
algún océano.


Coordenada

Una mujer hornea un pan
a 1200 kilómetros de distancia.
Lo intuyo desde aquí,
desde la galería de mi casa.

Una adolescente
se humedece los pechos incipientes
con una colonia alternativa
comprada en Bolivia.
Yo la percibo aquí,
en la galería de mi casa.

Por la galería de mi casa
pasa el olfato de Dios.
Temo decirlo.


El desierto de los tártaros

No siempre las palabras
están a la altura de los pensamientos,
ni el temor se condice con las premoniciones.
La casa que ayer nos dijo hasta mañana
no sabe si alguna vez volverá a cobijarnos.
El abrigo que lucíamos en la ciudad
se volvió tontamente pomposo en estas soledades.
Sólo me resta decir que los fusiles están descargados
         mi coronel
y que las dagas no tienen filo.
Las feroces escuadras enemigas que venían a matarnos
         no lo harán
son simples soldados involuntarios, mi coronel,
asustados
         como nosotros.


Rogelio Ramos Signes. Tucumán, Argentina


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A veces, el silencio es la peor mentira.
Miguel de Unamuno
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