martes, 26 de agosto de 2014

Rodrigo Morales

Groupie azul

Me siento pequeña bajo estas dos torres, en el centro de la ciudad. Las personas desde la plaza miran los círculos bajo los campanarios para saber la hora. Aquí viene la gente a perdonar a Dios. No sé si creo en Él, pero la última vez que confesé y comulgué fue… ¿cuándo? ¿Siete años ya? Cuando cumplí los quince. Desde entonces sólo voy a misa alguna que otra vez, más por compromiso que por devoción. Pero aquí estoy, metida en esta “ropa prestada”, la mano sobre la pistolera y los ojos alertas, mirando a los peregrinos que suben los peldaños de la Catedral para saludar a la Virgen Morena.
Ya son las doce y el calor es inaguantable hasta en la sombra. Mis pobres pies no ven las horas de llegar a casita para salir de estas botas. Por lo menos me hacen más alta, a mí que apenas paso del metro sesenta. Cuando era chica caminaba descalza por las calles del barrio, donde rara vez pasaba un auto. Todavía me gusta andar descalza cuando estoy sola en el departamento: esa costumbre es ley durante el verano, más caliente aquí que en mi pago. No extraño mi pueblo, pero tampoco me encanta la ciudad. ¿Será que sólo me siento feliz en los Festi-Rock, cuando la música me hace erizar la piel?
Aquella mendiga del otro lado de la puerta tiene una teta al aire. ¿No se da cuenta que el bebé se le durmió hace rato? Le cuelga blanda, qué asco. Ahí está desde antes que yo viniera a relevar al oficial. ¿Cuándo pensarán hacerme el relevo a mí? No veo las horas de prender el celular. Entré a las 06:00’ y también voy a tener que trabajar a la noche, pero ni pienso descansar las horas de franco que me tocan a la tarde. Sé que ya nunca voy a ser una estrella de Rock, pero César quedó en mandarme mensaje. Pasar la tarde con el guitarrista de una banda es más o menos un sueño pendiente. Ese gordito en ojotas de caucho es el primero que deja un billete en media hora, la pobre mujer parece dispuesta a besárselas. ¡Ya era hora de que volviera, ofi! Total que a ningún peregrino le interesa la diferencia de jerarquía entre nosotros.
-Todo tranquilo -le digo.
-¿Viene a la fiesta de la Virgen? -me pregunta el oficial.
Muchos van a estar recargados esta tarde, pero no nosotros. Nos salvamos del recargo por estar de guardia ahora y tener que volver a la noche. Lo mismo algunos están dispuestos a sacrificar las horas de la tarde para participar de la procesión.
-No -contesto-. Quiero venir descansada al nocturno.
El ofi sonríe. ¿Tan difícil es creer que pienso dormir toda la tarde? Como sea, vuelvo a la comisaría de la esquina. El sargento me señala el libro de guardia. Hay una nota con cuatro hojas abrochadas.
-El comisario te dejó un regalito -dice.
¡Uy no! ¿Una sanción? ¿Qué hice ahora? Ah… ¡Buenísimo…! “Informo a Usted que se le otorgan veinte (20) días de licencia anual, correspondientes al período… por lo tanto deberá reintegrarse al servicio el día… Notifíquese al pie bajo constancia de firma”.
-Ya pasó un año desde que entré a la Poli, ¡qué bárbaro! -digo mientras firmo el Memorándum por cuadriplicado.
-¿Vas a viajar a algún lado? –me pregunta el sargento.
-A mi pago, a ver a mis viejos.
Tras una puerta a mi espalda se escucha el equipo base: los radio operadores están a full. El sargento se levanta a modular y me deja sola en la mesa de entrada. Ya me saqué la gorra pero es lo mismo, todo el pelo apretado dentro del rodete en la nuca. Pensar que algunas en Jefatura trabajan con el pelo suelto, ¿por qué no será ley pareja para todas? Por fin puedo prender el celular: ¡un mensaje recibido! Le contesto a César que me pase a buscar a las 16:00’. Me va a contestar… más vale. Mejor lo pongo en silencio.
Suena el teléfono sobre el mostrador. Llaman desde Monitoreo: por las cámaras que apuntan a la plaza vieron a dos masculinos intoxicándose. Le aviso al sargento, ¿tanto lío por unos cigarrillos porque parecen ser de marihuana? Así que me pongo de nuevo la gorra; un agente más antiguo que yo me acompaña a la plaza.
Cruzamos la calle. Los peregrinos están en todas partes, comiendo o durmiendo sobre el césped. Los dos chicos están sentados en una fuente bajo los árboles, justo frente al Teatro. Tal como los describió el personal de Monitoreo: pelo largo, vaqueros cortos, brazos tatuados y piercings en orejas y cejas. No son los rejilleros que siempre cuidan o lavan los autos. El agente los interroga, pero más me miran a mí. ¿Será que me conocen? Capaz me vieron descontrolarme en algún Festi-Rock, con el pelo libre y la ropa apretada. ¿Y esa mirada tan sobradora? Ni que yo le hubiera vendido el alma al diablo. Le muestran al agente que sólo tienen tabaco y papel para armar cigarrillos. Están de suerte, los dejamos en paz. Mientras nos vamos se ponen a cantar una cumbia villera. Nos están provocando, aunque no pronuncian los insultos a la policía.
-Volvamos a la comisaría -me dice el agente.

No vivo muy lejos: sólo a media cuadra de una de las cuatro avenidas que delimitan el centro. Como siempre, dejo la motito roja en el estacionamiento del edificio. No son demasiados escalones: por suerte vivo en el primer piso. Entro al departamento, por fin puedo sacarme las botas y guardar la 9 mm en el ropero del dormitorio. Me desabrocho el cinturón para sacarme la camisa y la remera azul de abajo, ahora el pantalón. Ya que estamos acomodo -es un decir- todo en el ropero, y me voy a bañar.
Me acostumbré a comer sola, ya no me parece triste. Después de almorzar me acuesto en el dormitorio oscuro, sólo entra un poquito de luz por las rendijas de las persianas. César me va a avisar apenas llegue: tengo que mantener el celular en la mano para sentirlo vibrar, mirarlo de cuando en cuando. Aunque de los auriculares estoy escuchando rock nacional, en la pared sólo hay pósters de Megadeth, Los Ramones y Rammstein. No conseguí ningún póster de la banda de César. ¿Y si hubiera puesto en un cuadro la remera con su logo, se hubiera asustado con tanto fanatismo? ¿Qué era lo que pensaba al mediodía? “Pasar la tarde con el guitarrista de una banda es un sueño cumplido”. ¿Pensará que soy una groupie? Después de todo César es un ave de paso por la ciudad: viene un par de veces al año, toca sus canciones y se va.
Cuando me vio por primera vez, él tenía una toalla sobre la cabeza. Ya habían tocado todo el repertorio previsto, diez canciones en total, amagando un saludo al final de las últimas tres. Nosotros les pedíamos que no se fueran, aunque suponíamos que ya no los veríamos volver (la verdad, la mayoría del público esperaba con impaciencia a la otra banda, más famosa, que tenía que tocar después). Pero nosotros, los veinte o treinta fans en el campo delante del escenario, los seguimos llamando después de terminar el último pogo. César y sus compañeros ya habían dejado a un costado los instrumentos: se estaban secando la transpiración cuando notaron que el coro deliraba. Y supieron que nos debían por lo menos dos canciones más.
De nuevo César se colgó la guitarra al hombro. Volvió al escenario con la toalla sobre la cabeza -y la banda lo imitó- para que nosotros supiéramos que la decisión de volver la habían tomado contra todo plan previsto. Mientras las luces aumentaban, me vio: mi pelo revuelto, mi cara toda sudada, mi alegría. Después le pasó la toalla al plomo que se apuraba en salir del escenario. Tocó los primeros acordes de “Pentágono Invertido” y acercó la boca al micrófono.
-¿Nos extrañaron? –preguntó, y ahí se desató la locura.
Despierto y miro ansiosa el celular. Pasan diez minutos de las cuatro, recién llega el mensaje de César avisándome que ya estacionó frente al edificio. Escucho la suela de sus zapatillas subiendo las escaleras; le abro la puerta a esos ojos de un azul furioso. Sus besos me derriten: en esos labios gruesos saboreo lo que se viene. Apenas nos paramos en la cocina-comedor el tiempo que yo demoro en cerrar la puerta. Pronto lo llevo al dormitorio y lo dejo escudriñar mi intimidad, sacar conclusiones sobre las dos ranas de peluche en la cómoda y la otra junto al velador de la mesa de luz. Curiosea en la repisa los libros viejos, tantas veces releídos, y los CD’s en su mayoría rayados (el equipo de audio está en la cocina-comedor, pero yo sólo lo uso para escuchar radio, ya que a los vecinos no les gusta que ponga la música fuerte). César comenta algo sobre el atrapa-sueños que cuelga sobre la cama: trata de mentirme que le gusta leer a Stephen King, pero seguro sólo vio películas basadas en esos libros. Yo aprovecho para mirarle el vaquero: le queda todo apretado porque es fornido. Sólo un poco más alto que yo, es blanco y de pelo negro, con rulos encrespados. Me recuerda a la rudeza de un dogo argentino, pero César no es nada torpe. Me toca tan bien como si fuera su guitarra eléctrica, haciéndome emitir gemidos musicales que transmiten el placer que nace en mi centro y se dirige, en lentas oleadas, hacia mi cuero cabelludo y los dedos de mis pies.


Rodrigo Morales. Catamarca, Argentina


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Mil rutas se apartan del fin elegido, pero hay una que llega a él.
Michel de Montaigne
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