martes, 26 de agosto de 2014

María Alicia del Rosario Gómez

Cordial despedida

La mañana jugueteaba con el sol, conformando el arco donde todo lo demás es posible cuando la calidez del día invita. Un largo trajín nos aguardaba: Recorrer el escabroso camino que espera desde hace años la construcción de una ruta: larga deuda provincial. El plan era adentrarnos en el campo de mi abuelo, en Gobernador Martínez, para contar las reses y las ovejas después de un temporal que había azotado la región, y que -sospechábamos- pudo ser una clara invitación a la delincuencia. ¡Gobernador Martínez! Pueblo de la Provincia de Corrientes con memoria política, que evoca un tiempo de rencillas famosas en la zona; segunda parada de un ferrocarril arrancado a los pobladores, que quitó su folklore, prometiendo un progreso que jamás llegó. Destino de interior de interiores… Santa Lucía, Villa Córdoba y por fin el pueblo, que se vislumbraba al final de la travesía para todo el que consiguiera sortear la accidentada ruta de tierra después de los temporales, sacudida por camiones de gran porte -los buscadores de ganado- y camionetas de propietarios hacendados. ¡Cuántas historias dormidas en sus vías ahora incompletas, rieles que habían sido fruto preciado para los amparados del poder del turno…! ¡Cuántos amores logrados en aquellos vagones, en esos viajes lentos y cómplices al interior de Corrientes! Las historias de soldados contando sus experiencias de “colimba” pueblan esta tierra abandonada por el gobierno. Laten aún en la memoria, sin embargo, amparadas por Santa Rosa de Lima, patrona de los habitantes del pueblo, como si ella quisiera protegerlas.

No teníamos certeza de poder llegar, pero emprendimos la marcha. Conformábamos un grupo aguerrido; en la cabina delantera de la 4 x 4 viajábamos: Andrés, el mayor de mis hermanos y yo; atrás iban el capataz de la estancia que había venido a Goya a comprar vacunas, y su ayudante -mi mujer- con calidad de cebadora de mate y asesora de caminos -desde pequeña pudo conocer cada tramo de esa ruta y corretear por las cercanías de la casa, o galopar en su tordillo alazán recorriéndola. Era vecina de nuestro campo. Allí la conocí. Entre mate y mate el tiempo iba corriendo, y nosotros sorteando el dificultoso camino. Cuando llegamos a la penúltima curva, un grupo de tres muchachones que venía “de a pie” nos hizo señas. Desconfiamos -acostumbrados como estábamos a los saqueos repentinos, ejemplo de una televisión marcada por mensajes inducidos, y Andrés bajó apenas el vidrio de la ventanilla izquierda para escucharlos. Uno de ellos mostraba un aspecto saludable, pero de sus primeras palabras se desprendió el hálito de su reciente actividad: Un largo trago de ginebra apurado en ayunas, que provocó la mueca sugerente de mi compañero de cabina. Apenas pudo explicar lo que quería: Que lo llevásemos hasta el puente, sin reparar en que justamente íbamos en sentido contrario. El segundo muchacho -de muy mal aspecto- pretendió aclarar lo que su amigo pedía, pero cuando quiso aproximarse al vehículo, fue víctima de un fuerte ventarrón que colaboró con su precaria fortaleza, el suelo pedregoso y su lamentable estado hicieron lo demás: Fue a parar a tierra estrepitosa y graciosamente. Por fin, el tercero, acercándose nos dijo (podría decirse que atentamente y dándose cuenta del rumbo que llevaban) cambiando de mano la bolsa de arpillera que cargaba: “Muchachos, sigan nomás su camino. Nosotros esperaremos otra proporción”. ¿Los puedo saludar? -preguntó seguidamente- Andrés entonces bajó la ventanilla y le dio la mano, que el caminante apretó con repetidas sacudidas y diciendo muy efusivo “chau chamigo” -varias veces-. Después partimos, comentando lo sucedido. Llegamos al campo al promediar la mañana. Nos estaban esperando, por lo que inmediatamente la camioneta pasó a ser “tratada” con el gran chorro de la manguera regadora del lugar: Una capacidad de 12.000 litros horas que arremetió contra el barro pegoteado en los engranajes y chasis de la 4 x 4, venciéndolo. El deleite de unas ricas naranjas abonadas por las recientes heladas completó la travesía en su primera etapa: No hay placer mayor que sentir en su jugo el sabor de la tierra correntina. Son frutas que se arrancan al madurar y premian con la generosidad de su pulpa. Característica que siempre protegió nuestra salud: El respeto por el ciclo de maduración. Andrés no quiso tomarlas todavía, serían su postre -dijo- después de un rico asado. Pasamos después al conteo, con la práctica que el capataz había desarrollado: Una mezcla de instinto y experiencia. Las reses estaban completas, pero las ovejas… ¡Siempre faltaba alguna! Y esta vez eran tres las ausentes. No nos habíamos equivocado: El temporal fue inspirador. Se colocaron las vacunas y decidimos partir, pero debíamos dejar asentado el operativo: Andrés era quien tenía mejor letra y le pasamos las planillas para que las llene; además no iba a tener “olor a naranjas” ya que no las había tomado todavía. Diligente, arrastró una silla y a la vista del mejor asado que iba tomando color en la parrilla, se dispuso a escribir. Sólo que no pudo hacerlo… Ni bien apoyó su mano derecha, una mancha roja quedó plasmada en la primera hoja y lo hizo respingar asombrado, mirándonos: ¡Era sangre! ¿De dónde la habría sacado? Miró sus dos manos, pero ninguna herida había sido el motivo, y en ese análisis estaba cuando comprendió: ¡Sus tres ovejas!

“Las ausentes” en el conteo, iban en aquella bolsa de arpillera que al cambiar de mano en el paisano del camino dejó un claro mensaje. Al menos -dijo Andrés- esta vez las ovejas se despidieron cordialmente.


María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena. Goya, Corrientes, Argentina


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La ocasión hay que crearla, no esperar que llegue.
Francis Bacon
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