domingo, 22 de junio de 2014

Oliver Robertt

Esperanzas de antes, después y siempre

Estaba corriendo por el callejón, sintió frío como nunca. La policía lo perseguía mientras él intentaba dilucidar moti­vos.
Una fuerza imperiosa lo obligó a subir por una escalera de incendios.
A su fin, trepó como fiera irritada, sujetándose de la pared.
Las patrullas, abajo. Y una voz de ¡alto!! que no quería escuchar.
Sonaron varios disparos. Su entrampado cuerpo se ar­queó, dete­niendo la ascensión enloquecida. Soltó los barro­tes, flexionó las rodillas, y saltando hacia atrás como de un trampolín mortal, embistió el abismo.
Al inicio le pareció suspenderse como una pluma. Mo­mentos después, su cuerpo, por gravedad, aceleró.
En la caída perdió la conciencia y poco después se vio parado entre los coches policiales.
Recordó…
Buscándose a sí mismo, encontró su cuerpo inanimado.
No tenía certeza que lo fuera, cuando unas voces de chi­cos, llamaron:
- Juan… Juan…
Giró su cabeza. Pedro y Martín no pasaban de doce años.
¿Por qué chiquillos y con esas ropas?
- Juan, ¡vamos!... ¡vamos!...
Él sintió el impulso para acompañarlos.
Cinco metros adelante sus rodillas estaban álgidas, curio­seó su indumentaria: llevaba pantalones cortos, y aquellas zapatillas de tenis gastadas, con que tanto jugaba donde con lapicera había escrito nombres de amor: “Juan ama a Do­ri­ta”.
Advirtió que lo llamaban de nuevo.
Levantó la vista y sintiéndose tan joven como sus amigos, encabezó una corrida hacia el río.
Frenó bruscamente al tropezar con su caña de pescar, que al primer pisotón dio unas vueltas en el piso.
Cuando llegaron a la vera del riacho, saltaban, reían, se ti­raban del árbol, se zambullían…
En el frescor de la mañana y el frío de la noche, espar­cían sus alegrías, simulando que nada ocurría o adven­dría.
Fue así que tras dos o tres peces se quedó dormido. Sus compañeros se recreaban alrededor.
La escena paulatinamente se desfiguraba en su mente.
Despertó joven, sí.
Un hombre de edad, a sus pies, angustiado le preguntó:
- ¿Qué hacés aquí, Carlos?
- Eh… creo que me quedé dormido.
- Sí, pero mamá está preocupada. Deberíamos ir a casa, nos has dado un buen susto.
Admiró el paisaje, observó el extraño río, y sin embargo instantes antes lo había conocido desde una pequeña exis­tencia albergando aquella materia.
Ahora, sus ropas se distinguían de las ante­riores. Estas eran más cuidadas, nuevas… Por otra parte, ese hombre que lo contemplaba vino a llamarlo, no a reprenderlo. ¿Sería su padre?
- ¿Cuánto tiempo estuve aquí? - atinó a preguntar.
- No sé. Hace más de ocho horas saliste de casa. Como no sabíamos dónde estabas, los veci­nos y la familia entera te buscó, pues tu madre, sabes cómo es, telefoneó y… vinieron a ayudarnos. Nos llamó la atención tu comportamiento, pues no acos­tumbras a tomar este tipo de actitudes.
- Es verdad. ¿Vamos?
- Vamos.
Se incorporó ágilmente, percatándose que nada de su pa­sado lo marcaba.
En tránsito por el parque, el árbol que había cobijado su sueño, agraciaba cuatro piernitas de niño que se balancea­ban sobre una de las ramas.
No pudo ver rostros ni el resto de sus cuerpos, mas una y otra vez las piernas reaparecían por entre las hojas, meciéndose.
Quiso volver, y el padre dijo:
- Carlos, ¿qué haces? ¡Vamos!
- Sí… sí, papá.
Él lo miró, sonriente.
- Sí, vamos hijo.
- Está bien, papá.
De esa manera ingresaba en una nueva vida.
La materia de Carlos yacía abandonada. Lo habían guiado para ocuparla y poder continuar su existen­cia, porque el fi­nal preconcebido no correspondía a su des­tino. Él no me­recía terminar de aquella forma, era una equi­vo­cación, un error que debía ser enmendado.
La oportunidad de existir y de sentir felicidad era nueva­mente otorgada.
Su vida se reiniciaría más joven y parecía ser con muchas promesas.


De la Colección ¿En qué tiempo situarme?
Texto tomado del sitio web del autor:


Oliver Robertt. La Plata, Buenos Aires, Argentina


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No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma.
Pitágoras de Samos
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