domingo, 22 de junio de 2014

Jerónimo Castillo

Las ventanas

La única pretensión que tenía Aníbal cuando llegaba a su casa, era que las ventanas se encontraran abiertas, como señal de que la vivienda no estaba deshabitada.
Habían transcurrido varios meses, y esta costumbre se hizo notar en el vecindario. Las ventanas, a la hora del almuerzo y de la cena se encontraban abiertas.
En realidad la diferencia con las demás viviendas era que al salir a su trabajo las dejaba cerradas, y al volver estaban abiertas.
Era de suponer que alguien de la casa se tomaba ese trabajo, pero desde la muerte de su mujer, Aníbal vivía solo, y esto lo sabían los vecinos.
Había adquirido la casa una decena de años atrás, después de que la misma ostentara por un largo tiempo el cartel de venta y fuera publicada por la inmobiliaria en todos los periódicos de la ciudad.
Venían los interesados, y luego de verla y revisarla, se retiraban sin demostrar interés en adquirirla.
Cuando se instalaron, con sus muebles ocuparon todas las dependencias, menos una. No era necesario hacerlo.
Aníbal lo había comentado en alguna reunión de calle con los vecinos, que tenía la intención de desmantelar el machimbre de las paredes y el cielorraso de aquella habitación vacía, porque de vez en cuando se escuchaban ruidos y voces ininteligibles, y nada había para presumir de alimañas u otra cosa, por lo que la intriga se fue arraigando.
El accidente casero que costó la vida a su mujer, fue consignado en las actuaciones policiales y judiciales, y de ello con nadie hablaba, máxime la escasez de diálogo que tenía en el barrio.
Había pasado mucho tiempo y el abrir de ventanas seguía verificándose como una rutina más, pero un día, al volver de su trabajo, las encontró cerradas.
Ingresó en la vivienda, y como presintiendo que la respuesta al cambio la encontraría en aquella habitación vacía, fue y arrancó el cielorraso a manotazos.
En el entretecho no había nada, pero de los jirones del lienzo se desprendió un papel, que al levantarlo, reconoció la letra de su mujer.
Cuando llevaron a Aníbal al hospital neuropsiquiátrico, un enfermero hizo entrega de la carta al oficial asignado por el juez para ingresar a la vivienda y disponer el traslado a la dependencia médica.
La carta dirigida a Aníbal y con fecha de ese día, le preguntaba cómo había estado todo ese tiempo, y además le comunicaba la decisión de no abrir más las ventanas, como se lo había anunciado el día en que su marido había puesto jabón líquido en el fondo de la bañera.


Cuento del libro Final de Sinfonía. Ediciones El Biguá, San Luis, Argentina. Enero 2012 


Jerónimo Castillo. San Luis, Argentina


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Ningún hombre conoce lo malo que es hasta que no ha tratado de esforzarse por ser bueno. Sólo podrás conocer la fuerza de un viento tratando de caminar contra él, no dejándote llevar.
Clive Staples Lewis
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