viernes, 29 de noviembre de 2013

Eduardo Coiro

-Temperley, Buenos Aires, Argentina-


Entre cenizas del aire

Heredo de mi padre ojos entre cielo y mar nublado, como los suyos entrenados para mirar más allá en detalles de naturaleza y lejanía. También de él aprendí la capacidad irreversible de amar a distancia. Un amor humilde guardado en cofres de silencio. Amor postergado de piel y abrazo.
Amor para siempre sostenido en imágenes sin tempo ni baciare. En un día del pasado breve, en un cumpleaños de abril, él me dijo que veía a su finada madre tal cual, viva y bella, como si todavía estuviera en Paterno, como la última vez en ese puerto, antes de salir y no volver. Ahí estaba su arcón de memoria, y entendí que vivía para sostener desde su vida esa imagen amada. Era su llamita interior. La veía amasando, cocinando pan en horno de ladrillo. Preparando la “sopresatta”, guardando pan y jamón de estación a año. Atesoraba cada rincón de recuerdo en esa casa, con su madre despertándolo con un racimo de uva negra en la boca.
Mi padre partió de Nápoles en el último día de primavera y llegó aquí en invierno, para siempre perdió un verano en la montaña. Su sobrina Silvana, nacida poco antes que yo, había captado ese misterio mágico. Desde pequeña se dedicó a traducir de sueño a sueño y de alma a alma. Sin distancia ni olvido.
Ella escribía para nosotros en castellano o italiano, pero también escribía en inglés, francés y hasta en chino. Tenía amigos en todo el mundo y su pasión era escribirles en su propio idioma. Cuando recibía las cartas de mi padre se las leía a su madre cegada por la diabetes.
Dos décadas atrás cuando preparaba su viaje del próximo verano. A la Argentina. A conocernos, Silvana dejó de escribir, se enfermó de leucemia y murió en pocos meses.
Sin saber de su destino, sin saber que la muerte le iba a sacar el verano y la vida misma, yo imaginaba ese abrazo en el aeropuerto, ese reencuentro imposible.
Mi padre no quiso tomar más la lapicera para escribir cartas. Trickster, mediadora entre el dolor y la distancia, Silvana no cumplió su sueño y una parte de los nuestros de padre a hijo quizás murieron con ella. El puente fantástico de ilusión y arco iris se pulverizó, voló en cenizas y en alas de golondrina cayó en cada lágrima inexplicable.
Cuando mi padre murió, al poco tiempo el Etna estalló en furia de lava y fuego, y yo sentí que ese reencuentro perdido sería entre cenizas del aire.


Haciendo memorias

Estamos en el bar. Me han invitado a presenciar la prodigiosa memoria de Don Joaquín.
Don Joaquín está orgulloso de sus 93 años, se nota cuando me da la mano y dice:
-Lo felicito por conocerme.
Tan pintoresco el hombre con su sombrero negro de alpino.
Juega en su patio de la memoria y deja con la boca abierta a quien lo escuche:
- ¿Quién recuerda publicidades de mi época?
Y sin esperar respuesta recita:
- “5 de pan, 5 de vino y 20 de queso El Peregrino”.
- “Casa Muñoz, donde un peso vale dos”.
- “Sastrerías Braudo, la casa de los dos pantalones”.
- “Casa La Mota... Donde se viste Carlota”.
- Este es mi barrio -sigue-. Soy el único mayor de 90 años sobreviviente. Lo que ya no está se extinguirá cuando mi memoria se hunda al olvido, o -aunque no quiero- muera.
(....)

Mi primera bicicleta fue una Cycle Zucca y la hacían a dos cuadras de acá.
Nadie en la mesa recordaba ni de nombre a esas bicicletas.
Don Joaquín recorría las caras de las personas que estábamos allí tratando de confirmar que esa era una perla única de sus recuerdos.
-Yo sí conozco a las bicicletas Cycle Zucca -dije con timidez.
Antes que siga un silencio que me pareció similar a la incredulidad, me expliqué:
-Las fabricaba mi abuelo materno. Tiempo atrás encontré una foto perdida en el cajón de las fotos antiguas.
Y allí se veía a dos ciclistas con la remera de “Cycle Zucca”. Explorando con cuidado descubrí el rostro de mi abuelo. Por allí atrás del hombro de un ciclista se asoma la cabecita curiosa de una beba que a su tiempo será mi madre. Mi madre vive. Tiene 83 años y sigue memoriosa.


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Ser completamente honrados consigo mismo es un buen ejercicio.
Sigmund Freud
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2 comentarios:

  1. Bravo, Eduardo. La memoria es un refugio del corazó.Abrazos

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    Respuestas
    1. Gracias por tu lectura, querida Marta
      Mi abrazo y mis mejores deseos
      Analía

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