sábado, 15 de junio de 2013

Elsa Hufschmid

-Santa Fe, Argentina-

Metáfora sobre huesos

Cargo sobre mis hombros mi esqueleto cada día más roído, más pesado.
De entre sus ranuras brotan anémicos árboles, hambrientos de savia nueva.
No florecerán.
No habrá frutos.
Pasa un tiempo y no los siento, pero de pronto descargan todo su peso sobre mí, las rodillas flaquean y debo apoyarme para no caer.
Amo estos viejos y sufridos huesos. Conozco de sus luchas, de sus largas caminatas sobre piedras punzantes.
Debo seguir con esta carga.
En algún minuto de este milenio nos fundiremos y con una sonrisa cómplice, descansaremos en paz.


Decisión

Estoy al borde del precipicio de tus ojos
   siento que balanceo el cuerpo.
Mis pies descalzos sufren las púas de las piedras,
   mis manos sangran, apretadas, tensas.
Hay en mi pecho un golpeteo de tambor rojo.
Baña mi boca un sabor a flores, a vida, a miel.
      Y me duele mirarte
y no quiero.
   Pero el huracán me empuja.
   Y me dejo caer blandamente.


Eva

Parada frente al enorme espejo, sus pies hundidos en la rica alfombra, miraba su figura.
El precioso vestido de infinitos tules, el escaso torso cubierto de pedrerías, oro y rubíes repitiendo luces.
El peinado prolijo y tirante hacia atrás marcaba su bello rostro.
Cerró los ojos y la imagen apareció nuevamente. Se veía muy niña, tomando fuerte el vestido de su madre, junto a sus hermanos, esperando frente a la señorial casa que los dejaran pasar a despedir a su padre muerto. No quiso mirar el féretro. Sólo escuchó el llanto materno.
La verdadera esposa de su padre los hecha imperativamente. Su esmirriado cuerpo tiembla con el recuerdo.
Abre los ojos y todo el esplendor presente borra los restos de tristeza. Levanta desafiante su figura y arremete hacia los melosos diplomáticos y militares que no disimulan el fastidio de rendirle homenaje.
Se pasea entre el lujo, la hipocresía, las mejores ropas, caros perfumes, imbéciles genuflexos que la saludan.
Mañana muy temprano la esperan multitudes de manos ásperas y callosas con olor a pobreza, a comida rancia, a humo de leña.
Bocas desdentadas, rostros arrugados prematuramente, sufridos seres que piden y ruegan, agradecen y bendicen.
Sentía que no pertenecía a estos desgraciados ni a estos dorados salones.
Pero el amor hacia su hombre la empujaba, impulsando su destino hacia el abismo del cáncer inexorable que acechaba.
La inmortalidad la aguardaba. Sólo el pueblo la siente aún en carne viva.


***********************************************
Un corazón grande se llena con poco.
Antonio Porchia

***********************************************

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchas gracias por pasar por aquí.
Deseo hayas disfrutado de los textos seleccionados en esta revista literaria digital.
Saludos cordiales
Analía Pascaner