lunes, 13 de mayo de 2013

Emilio Núñez Ferreiro


-Escritor de Barcelona, España. Reside en San Antonio de Padua, Buenos Aires, Argentina-

Vida contrariada

A ciencia cierta, nunca se supo si ese hombre, cuando nació: Falleció o murió cuando lo concibieron. De lo que no cabe duda, es que Drope Ciagar estaba signado por la reversión.
Cuando su madre, mujer un tanto robusta, dio a luz a Drope Ciagar, se preocupó un poco; pues si bien, el recién nacido pesaba sólo cuarenta y nueve kilos y contaba sesenta y nueve años y tres meses de edad, aparentaba algo más a raíz de su frágil salud de los últimos días en el claustro materno.
El día de su nacimiento, Drope Ciagar, tenía el pelo totalmente cano y raleado y una barba tan crecida y descuidada que, en el momento del parto, la madre tuvo que soportar, por unos días, una efímera irritación vaginal.
Robustiana García, la madre de Drope Ciagar, le dio al hecho, sólo la importancia que a su criterio merecía. Acaso, porque tuvo muy en cuenta que, su última relación sexual había sido consumada con el extinto Esculápio Reveses.
Esculápio Reveses era un hombre de hechos contrapuestos. Para quien no lo conocía, reírse de él era comprensible, pues tenía por costumbre caminar siempre hacia atrás; como desandando lo ya andado. Lo que más llamaba la atención (sobre todo a los de otros barrios), era con la facilidad con que andaba hacia atrás en bicicleta. Hay que tener en cuenta que habiendo desplazado el asiento un poco y alargado el manubrio, el hecho era más fácil, pero eso ni le quitaba valor, ni gracia.
Cuando logró comprarse un automóvil, todo fue más fácil. Ponía la reversa y con el vehículo se desplazaba a todos lados. Más de uno se lamentó que no tuviera la cabeza orientada hacia la espalda, pero lo admiraban, pues tenía para todo un punto de vista distinto y un alto sentido de lo inverso.
Cuando el pueblo entero se convocó a su velatorio, Esculápio Reveses estaba, naturalmente, boca abajo, pues de otra forma, muchos no lo hubieran reconocido. El comentario fue unánime, no tendría que haber salido de noche, pues las luces reglamentarias traseras eran insuficientes para iluminar tan escarpados caminos.
Con todos esos antecedentes, Robustiana García se abocó a criar (por así decirlo) a ese casi septuagenario hijo, como su clarividente raciocinio le dictaminó, y lo primero que hizo fue anotarlo en el P.A.M.I.
Habían transcurrido más de veinte años, Drope Ciagar acababa de cumplir cuarenta y cinco años y si bien avizoraba cierta pasada calvicie, apenas si se le notaban unas pocas canas, había engordado bastante, se notaba más activo, pero con menos templanza para analizar los cotidianos aconteceres.
Como todos los domingos, Drope Ciagar asistió al estadio de fútbol. No hacía mucho que ese deporte se había convertido en su pasión. Como siempre, se sentó de espaldas al campo y por las expresiones, festejos, cánticos e insultos de la tribuna, él se enteraba del desarrollo del partido y disfrutaba como el que más.
Drope Ciagar tenía grande afición por la lectura y también le encantaba escribir. Gran parte de sus ahorros los destinaba a la compra de libros y tenía una particular forma de disfrutarlos: Leía primero el epílogo, luego con cierto prurito el prólogo, acto seguido, según su criterio, escribía “su” libro y luego, de no coincidir, al menos en un ochenta por ciento, consideraba al libro adquirido de poco interés.
Al cumplir veintiséis años, se anotó en la universidad, cumpliendo, en ese acto, con su expectativa y con la ilusión de su difunta madre. A partir de ese día comenzó la continua, incesante e inexorable etapa de desaprender absolutamente todo.
Un sábado por la tarde, sin saber muy bien por qué, se peleó con una mujer, que ignoraba porqué la aborrecía y a los pocos días comenzó a quererla algo, para culminar, en el término de dos años, amándola locamente. A un ocasional amigo, Drope Ciagar le confesó que no era la primera vez que eso le ocurría.
Las amistades nunca le duraron más de una década, pues al cabo de ese lapso, todos notaban, con envidia, la diferencia generacional que los iba separando. No sólo porque él cada vez lucía más joven y se había convertido en un adicto al espejo, regocijándose de su juventud, sino que renegaban de que cada día tenía menos formalidad.
Fue cursando el bachillerato, cuando intuyó que esa tarde, con Marianita, experimentaría su última relación sexual. A partir de ese día comenzó a masturbarse. Esa costumbre culminó al otro día que se enamoró perdidamente de su última maestra del colegio primario.
Al fin de desandar los dos años de jardín de infantes de la salita azul, percibió que no era capaz de hacer ni el más simple de los palotes. No se lo notó angustiado, al contrario, quizá tuvo la certeza que le aguardaba la más pura e inocente etapa de su vida.
Muchos que lo conocieron, afirmaban que fue un hombre feliz, pues nunca tuvo incorporado el mínimo sentimiento de miedo a la muerte.
Cuando murió de joven, lo hizo tan ido como tantos congéneres suyos que murieron de viejos. En la guardería de bebés donde estaba internado, sospechaban que algo raro iba a ocurrir, pero así y todo, fue muy grande la consternación. Ni siquiera pudieron velarlo, pues un día desapareció.
El doctor Amilcar Proust, médico especialista, estudioso acérrimo de estos casos, afirmaba con vehemencia que Drope Ciagar, en su etapa de nonato, se fue sumiendo hasta insertarse en un óvulo, muriendo, luego, como un simple espermatozoide.
Algunos escépticos descreen de esta teoría; pero todos los doce de mayo, muchos vecinos de Merlo acuden al cementerio, con un ramillete de flores en cada mano para ofrendarlas a Drope Ciagar. Solemnes y compungidos, uno a uno, no tienen otra opción que ir depositando un ramo en la tumba de Robustiana García, y el otro, en la de Esculápio Reveses.


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La vida es un ruido entre dos grandes silencios.
Isabel Allende

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