sábado, 23 de marzo de 2013

Silvia Susana Rivera


-Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina-

Fotografía

Quitando telas de araña, desempolvando recuerdos, entre gasas blancas encontré una foto vacía y vieja. Desde allí me mirabas sonriente, con tu cara de hombre niño. Te repasé con mis dedos, dibujé tu boca sonriente y una parte de mí se convirtió en una mariposa multicolor. Se posó sobre tu frente estática y se marchó.


La casa del adiós

Estaba todo amontonado. Las camas, la cuna y la sillita de comer, el juego de dormitorio, las cortinas que cuando eran nuevas parecían velos de novia, los sillones de pana verde testigos de las fiestas elegantes y de largos días de estudio, las fotos colgadas en las paredes, sonrisas congeladas de dos generaciones de niños. El crucifijo y todas las láminas religiosas. Las colchas con rayas azules y un moñito en un costado. Las rosas, la parra y la higuera del patio, el fogón, el sonido de los tangos al hacer el asado. Las risas, los llantos, las discusiones, el silencio pegajoso después de los gritos, el miedo, la pérdida. Cada cosa, hasta las manchas en la pared retazos de mi vida estaban ahí. El barrilete abandonado en el galpón, la estatuita de la torta de mis quince. Más todo lo intangible. No supe qué hacer con ellos. Mucho se fueron atados en la parte trasera de una camioneta. Me decían adiós las manos de mi familia que ya no está. Voces ahogadas por el olvido, escondidas en el teléfono abandonado en el suelo. El eco de mi voz los llamaba. Los malvones, falsas uñas postizas de mi infancia eran viejas plantas pegadas al paredón. Todo el patio, un matorral de yuyos e higos podridos.
Y no supe qué hacer. Sólo llorar, cerrar la puerta, mirar por última vez esa casa pintada con cuadritos rosa, amarillos y negros, coloreada por mis hombres queridos, la puertita caída por tantos niños que imaginaron domar un salvaje caballo blanco.
Adiós al campito, a los turcos de al lado, al kiosco del vecino, a los circos o kermeses, ocasionales habitantes que estremecían a mi niño de antojo y alegría. Adiós. De lejos me llega la música de los Beatles diciéndome “Let it be”.


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Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Pablo Neruda

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3 comentarios:

  1. "...El barrilete abandonado en el galpón, la estatuita de la torta de mis quince. Más todo lo intangible"... Qué oda maravillosa que canta a nuestro pasado, siempre común, común a todos nosotros, que damos vuelta la hoja de una etapa... Felicitaciones

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    1. Agradezco tu lectura, tus palabras, querida Graciela. También me conmovió este cuento "La casa del adiós", creo que hay muchos de esos sentimientos en cada uno de nosotros cuando dejamos atrás una etapa por algún motivo.
      Un abrazo apretado
      Analía

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    2. Les agradezco Graciela y Analía sus palabras. justamente es lo que quise plasmar en ete cuento. Silvia Rivera

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Analía Pascaner