sábado, 23 de marzo de 2013

Emilio Yaggi


-Escritor nacido en Santa Fe. Reside en Catamarca, Argentina-

La Posada del Murciélago

  La famosa conductora de televisión Elsie Brown, conducía su poderoso coche en medio de la tormenta a velocidad reducida.
  Volvía del pueblo Cerro Hermoso y tenía que llegar a la ciudad antes de las 22 hs. Esto daba tiempo suficiente para que la maquillen, la peinen y la vistan; a las 23 hs, comenzaba la emisión de su programa. Había salido con tiempo suficiente pero una lluvia torrencial le impedía ir más rápido.
--¿Quién me habrá mandado ir a Cerro Hermoso justo un día como hoy, a hacer este reportaje casi sin importancia? Mi jefe, claro; por cierto, él no saldría de su casa un día así…y bueno, para eso es el jefe…
  Un violento trueno la sacó de sus cavilaciones, frenó instintivamente lo cual hizo que el coche derrapara peligrosamente hacia la banquina. Pensó en quedarse allí un rato, pero al notar que la oscuridad era total y la lluvia cada vez más densa, decidió seguir.
--Creo que no voy a llegar a horario; llamaré a mi jefe para avisarle…seis, nueve…cero…listo…
¡no hay señal! ¡Caen cuatro gotas y se corta la señal! (calmate Elsie, son más de cuatro gotas) ¡Por favor! ¿Cuántos relámpagos! Sería prudente que me refugiara en algún lugar hasta que amaine, pero dónde, no se ven luces, o sea que tampoco hay casa…¡y ahora viento! ¡lo único que me faltaba!
¡Ahora sí tengo que buscar refugio!
  El viento furioso retorcía las ramas de los árboles quebrándolas y desparramándolas sobre la ruta. Brillantes relámpagos iluminaban el cielo y luego, comenzó a granizar.
--¡Vaya suerte! Al menos tengo el coche asegurado contra granizo; es obvio que no puedo seguir; la lluvia es tanta que no puedo ver…¡allí, un cartel! ¿Qué dice?...Posada del…no alcancé a leer…¡posada! A la izquierda, indicaba a la izquierda, ¡allá voy y al diablo el programa! ¡Que me esperen sentados!
  Giró a la izquierda feliz de encontrar refugio para ella y para su coche. Un trecho más adelante divisó luces.
--Estoy llegando, ¡qué bueno, paró la lluvia! No, acá no llovió, está todo seco. Y bueno, las lluvias siempre comienzan y terminan en algún lugar, ¿no? Allá se ven varios autos, sí, es el estacionamiento de la posada; el edificio parece pequeño…¿por qué habrá tantos coches? Quizá haya alguna fiesta, veamos, la recepción, allí, ¡llegué! Buenas noches señor, ¡tiene alguna habitación disponible?
--Si señora, tengo…usted…¿Usted es Elsie Brown, la de la tele…?
--Si, lo soy, y como se podrá dar cuenta no podré llegar a tiempo para mi programa. ¿Tiene teléfono?
--Tengo, pero hace un par de horas que no funciona; los celulares tampoco, no hay señal.
--Bueno, mala suerte, ¿me asigna la habitación por favor?
--Enseguida; a ver…la ocho. Después le tomo los datos; la acompaño, ¿tiene equipaje?
--Este bolso de mano, nada más. No pensé que tendría que hacer noche por el camino. ¿Tienen alguna fiesta hoy? Digo, por los coches que están en el estacionamiento.
--¡Ah, los coches! No, no hay nada programado; es más, no hay ningún pasajero esta noche en la Posada del Murciélago.
--¿Ese es el nombre de la posada? La intensa lluvia no me dejó leer el cartel que está sobre la ruta.
--Si, ese es el nombre, algo tenebroso, ¿no le parece?
--Apropiado diría yo, porque todo el entorno es sugestivo, misterioso, ¡a mí me encanta! ¿Será porque por acá está todo sereno y ni siquiera llovió? Salí del camino y vine hasta este lugar porque la tormenta no me permitió seguir. Le aseguro que tuve un poco de miedo. Señor, si no hay más pasajeros en su posada, ¿de quién son los coches allí estacionados? ¿Todos suyos?
--Si y no. Cómo le explico…venga, caminemos hacia la habitación, la acompaño; los trajeron sus dueños y…los dejaron. Este es su cuarto, adelante.
--Pero nadie deja su automóvil así porque sí; no entiendo.
--¿Qué querés entender preciosa? Vení, vení, quiero besar tu cuello.
--¿Qué hace, qué le pasa? ¿Se volvió loco?
  El cuello blanco y regordete de Elsie Brown lucía hermoso realzado por una gargantilla de esmeraldas de imitación; su cabello recogido lo dejaba al descubierto y a la vez, el amplio escote de su blusa exhibía generosamente sus redondeces.
--Vení, tu cuello es hermoso, me llama, y tu auto también…
--¡Suélteme, abusador, degenerado, no se atreva a tocarme porque se va a arrepentir! ¿Yo sé por qué se lo digo, no me obligue a…
  Hubo forcejeos, gritos, empujones. De pronto, un alarido espeluznante y luego el silencio. La negritud de la noche ocultó la imagen de alguien que corría hacia el estacionamiento. Bramó el motor del auto y el chirrido de las ruedas sobre el pavimento resonó como el lamento de un ser apocalíptico. Elsie, con su peinado descompuesto y su ropa desordenada, evidentemente alterada huía de aquél lugar. Con una mano asía firmemente el volante y con la otra se frotaba los labios una y otra vez. Doscientos metros más adelante la esperaba otra vez la tormenta, la cual ya había perdido intensidad. Muy nerviosa miró su reloj y con sorpresa comprobó que su horror en la Posada del Murciélago sólo había durado entre doce y quince minutos. Aceleró y llegó al canal con tiempo suficiente como para hacer su programa. Allí la esperaban ansiosos los maquilladores, el peinador, la estilista y varios técnicos. Todos coincidieron al decir que, a pesar de su aspecto desalineado se la veía radiante, vivaz y enérgica, más que lo habitual.
  Luego del programa los televidentes enviaron mensajes de texto felicitándola, porque les parecía que había salido mejor que nunca. Después del descanso reparador que le brindó la noche Elsie se levantó tarde a tomar su desayuno. Junto con él le trajeron los diarios que habitualmente hojeaba. Se sorprendió al leer los titulares por la uniformidad entre ellos, por ejemplo: “Extraña muerte”, y luego el desarrollo, palabras más palabras menos, relataba la muerte del dueño de la Posada del Murciélago. Decían que apareció muerto tirado en el piso de la habitación número ocho de la posada; que la policía científica estaba muy confundida ya que el cuerpo estaba seco, sin sangre, y no había indicios de que se hubiese desangrado.
  Elsie Brown se desperezó ostentosamente, dejó caer los diarios sobre la alfombra y saboreó con placer su opíparo desayuno.


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La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante.
Cesare Pavese

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Analía Pascaner