miércoles, 23 de enero de 2013

Osvaldo Hueso


-Buenos Aires, Argentina-

La gotera
  
Escuchándolo no parece creíble pero, por la edad del hombre, es respetuoso creerle. Dice que en Pueblo Seco, a unas pocas leguas de acá, todo comenzó con una gotera.
Sucedió en el rancho de Don Secundino, dice que al viejo lo despertó un golpecito en el medio de la pieza, que también hacía de cocina, y que como el ruido no terminaba, decidió levantarse.
El piso de tierra era un barrial. Las alpargatas flotando con los bigotes haciéndole de alerones, viajaban por la pieza. Las chapas estaban buenas, era imposible que hubiera pasado el agua, pero la gotera estaba y seguía cayendo. Esperó un rato porque no sabía como llegar hasta la puerta sin embarrarse. Se le fue un par de horas, era de pensar lento.
Cuando se bajó del catre, casi tuvo que nadar. El agua le llegaba a las rodillas. Embarrado y mojado abrió la puerta, el agua salió rauda hacia el campo.
¡No llovía! Ni una nube y el sol, brillando como nunca.
Dice que Don Secundino no salía de su asombro, ni entraba en su entendimiento la gotera sin lluvia y a pleno sol; pero la gotera seguía.
El agua se fue desparramando a campo traviesa por todo Pueblo Seco. Los alambrados quedaron cubiertos. Las vacas flotaban y mugían haciendo gárgaras.
Al rato pasó el caballo de Aparecido Reinoso, con las orejas tiesas apenas fuera del agua, que seguía subiendo. La gotera no paraba bajo el sol brillante de casi el mediodía.
El pueblo se fue tapando. Apenas el mangrullo que había servido para avistar a la indiada asomaba.
De Pueblo Seco no quedó nada. Nada seco. “Pueblo desaparecido” dice el viejo, que le pusieron los que escapaban, agarrados a los troncos desprendidos del mangrullo cuando cayó.
Me parece muy fantasioso lo de este viejo… y además no sé como llegó él hasta aquí. Mojado, está.
No sé si creerle esto de la gotera. Pero, fijándome bien, allá, a lo lejos, en la loma, estoy viendo como un hilito de agua, que se viene acercando…       


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Lo que nos hace sufrir nunca es una tontería, puesto que nos hace sufrir.
Amado Nervo


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